
Fotografia tomada por Nuria Fersan
Rosario Castellanos, en el umbral de la gloria.
«Sé que soy una mujer. Que busca, que indaga, que pregunta. Que se asombra de sí misma y que a veces se espanta». Estos versos pertenecen al poema «Autorretrato» de Rosario Castellanos, quien lo escribió y publicó en 1951 durante su estancia en España, y que se encuentra recogido en el poemario Presentación al templo.
En este artículo, la protagonista es la escritora Rosario Castellanos, y el relato se centra especialmente, en el año que pasó en la capital española. La historia comienza en la Ciudad de México, donde Rosario, a finales de la década de 1940, atravesaba un momento de profunda transformación personal. Sus padres habían fallecido en un accidente en 1948, lo que la dejó huérfana a los veintitrés años. La situación económica de la muchacha no era precisamente boyante; sus recursos financieros eran limitados. La fortuna de su familia —de origen hacendado— había cambiado radicalmente cuando Rosario tenía quince años, coincidiendo con la promulgación de la reforma agraria y la política de emancipación campesina promovida por el presidente Lázaro Cárdenas, medidas que despojaron a la familia de gran parte de sus tierras.
Rosario necesitaba ampliar horizontes y en su mente nació la idea de que, para ordenar su vida, debía cruzar el Atlántico y vivir una serie de experiencias fuera de su México natal. Ese viaje era la única medicina capaz de aliviar todo el dolor que llevaba dentro. La oportunidad se presentó en 1950, tras graduarse de Filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y recibir una beca del Instituto de Cultura Hispánica, gracias a la cual pudo viajar a España para realizar estudios de posgrado en las áreas de Estética y Estilística en la Universidad de Madrid.
Tras una travesía en barco de treinta días, el 16 de octubre de 1950, desembarcó en la península ibérica. Su compañera, la poeta Dolores Castro, que viajaba en el mismo buque evocó el viaje años más tarde: «Recuerdo a Rosario, en mar abierto, sonriente, plena de vida en la cubierta de aquel barco cuya travesía de un mes entre Veracruz y Barcelona nos hizo reír muchas veces, o llorar por nada».
Cuando Rosario Castellanos desembarcó en España, tenía veinticinco años. Desde Barcelona, se dirigió de inmediato a la capital. Junto con su amiga íntima, la ya mencionada Dolores Castro, compartió alojamiento y la aventura de vivir en Madrid, una etapa que marcó profundamente la trayectoria de ambas escritoras. Durante su estadía se hospedó en la Residencia Universitaria Femenina Nuestra Señora de la Antigua, situada en la calle Cea Bermúdez.
Madrid, a principios de los años cincuenta, intentaba cerrar las profundas heridas abiertas por la guerra civil y buscaba, con más ingenio que recursos, paliar las múltiples carencias de la posguerra. Esa etapa duró aproximadamente un año y representó una experiencia muy significativa para su desarrollo personal y literario.
La villa castellana, con sus siglos de historia y su actividad intelectual, le ofreció una perspectiva nueva sobre el mundo y, lo que es más importante, le permitió mirar hacia su interior y descubrir aspectos que desconocía de sí misma. Aunque su pensamiento crítico se consolidaría con mayor fuerza en años posteriores, a su regreso a México, es en este periodo en el que se gestó todo lo que estaba por venir. Al estar fuera de su entorno habitual, la joven Rosario comenzó a observar todo cuanto le rodeaba con la distancia necesaria para realizar un análisis objetivo, que plasmó, en parte, en su poema Muro de lamentaciones, escrito en 1951: «Porque yo soy de aquellos desterrados para quienes el pan de su mesa es ajeno y su lecho una inmensa llanura abandonada».
Rosario Castellanos fue una esponja que no solo absorbía los conocimientos que encontraba a su paso, sino que también sabía plasmarlos en un papel. Esa nueva mirada le hizo cuestionarse el rol de la mujer en la sociedad. Ante la regresión de los derechos, surgió en ella un sentimiento feminista que acabaría convirtiéndola en una de las pioneras más destacadas del feminismo latinoamericano.
El viaje, el verdadero viaje, siempre se realiza de fuera hacia dentro; una introspección que nos lleva a descubrir quiénes somos en realidad. El año 1951, en el que publicó su quinto poemario, le sirvió a Rosario Castellanos para definir su obra y su vida. Ya no era solo la hija de terratenientes ni la alumna brillante de la universidad mexicana; en Madrid era una mujer sola, enfrentada a un continente nuevo y a retos desconocidos.
El año que pasó en España fue muy significativo para su formación intelectual. Eran continuas sus visitas al Museo del Prado y sentía una especial predilección por El Greco, en particular por su lienzo El caballero de la mano en el pecho. Ese período le permitió consolidar el hábito de la disciplina literaria. Aquel año fue una época de lectura intensiva, de contacto con la gran literatura española y con los autores del Siglo de Oro. En sus escritos y correspondencia se hace patente su interés por la tradición literaria española. Menciona a menudo la influencia que ejercían sobre ella Calderón de la Barca, Tirso de Molina y Lope de Vega, aunque por encima de todos ellos sobresalía la figura de Santa Teresa de Jesús, a quien consideraba una lectura fundamental. De ella escribió en una carta fechada el 2 de abril de 1951 y dirigida al filósofo Ricardo Guerra Tejada —quien sería posteriormente su esposo— las siguientes líneas: «Verdaderamente era una mujer genial y la admiro de una forma terrible y absoluta».

Esa inmersión en una sociedad diferente de aquella en la que se había criado le proporcionó el contraste necesario para convertirse en una voz crítica, un postura que demostró en sus obras posteriores a ese periodo, las cuales la impulsaron a denunciar con gran lucidez y energía la condición de la mujer mexicana.
«Yo soy de alguna orilla, de otra parte, soy de los que no saben ni arrebatar ni dar, gente a quien compartir es imposible». Me atrevo a extraer estos versos escritos por Rosario Castellanos en su poema titulado Agonía fuera del muro.
Tras su regreso a México, Rosario Castellanos era una mujer diferente a la que había abandonado la Ciudad de México en 1950. La brevedad de su año madrileño había sido un punto de inflexión necesario: la validación de su capacidad para navegar en contextos distintos al suyo propio, la reafirmación de su vocación por la filosofía y la estética, y la maduración de una sensibilidad que le permitió diseccionar la realidad con el afilado bisturí de la palabra. Ese aprendizaje y esa mirada la llevaron a ser reconocida en su país y a ser galardonada con el prestigioso Premio Chiapas por su novela Balún Canán en 1958, y con el no menos importante Premio Xavier Villaurrutia por su conjunto de relatos recogidos en Ciudad Real en 1960.
En México se reintegró a la vida académica como docente en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Su trayectoria despegó de manera imparable hacia el periodismo, la dramaturgia y, en especial, la diplomacia, hasta llegar a ser nombrada, en 1971, embajadora de México en Israel. Allí desempeñó una gran labor hasta el 7 de agosto de 1974, fecha en la que falleció en Tel Aviv. Tenía 49 años y la muerte le sobrevino a causa de una descarga eléctrica provocada por una lámpara cuando intentaba contestar el teléfono después de salir de la bañera, mientras aún estaba mojada y envuelta en una toalla.
Este artículo no puede terminar en otro lugar que no sea un céntrico rincón de Madrid. Como testimonio de admiración y respeto hacia Rosario Castellanos, debemos acercarnos hasta el número 49 de la calle Alcalá, a pocos metros de la famosa estatua de la diosa Cibeles. Nuestro destino es la sede del Instituto Cervantes. En ese edificio, en diciembre de 2025, con motivo del centenario del nacimiento de la ilustre pensadora, se le rindió un homenaje muy especial. Su legado para las futuras generaciones fue depositado en la caja de seguridad número 1165 de la Caja de las Letras. Esta caja se encuentra en la cámara acorazada donde se guardan objetos y documentos de las figuras más importantes de la cultura en lengua española. En su interior se conserva un álbum con veinticuatro fotografías históricas cedidas por su hijo Gabriel —entre las que destacan aquellas en las que aparece acompañada por grandes figuras de la literatura mexicana como Juan Rulfo, José Emilio Pacheco y Alberto Dallal— y también se hallan custodiadas las primeras ediciones de sus obras más emblemáticas. Al tratarse de un legado in memoriam, no tiene una fecha de apertura estipulada como sucede con los legados en vida, sino que permanecerá de forma indefinida en la cámara acorazada del Instituto Cervantes como memoria viva de las letras hispánicas. ¡De este modo, Rosario Castellanos permanecerá eternamente entre nosotros!
® Fernando Gómez


