Más allá del espejo: Reflexiones sobre la inteligencia artificial, el efecto rebote y el encuentro humano en la terapia

En los últimos años, la tecnología ha permeado prácticamente todos los ámbitos de nuestra vida cotidiana, y la salud mental no ha sido la excepción. Millones de personas recurren hoy a la inteligencia artificial como un refugio provisional, un espacio para desahogarse en la madrugada o una alternativa frente a las barreras económicas y las largas listas de espera para acceder a atención psicológica. Sin embargo, este fenómeno abre una pregunta profunda: ¿qué estamos buscando realmente cuando le pedimos a un algoritmo que nos escuche?

La dimensión del fenómeno: las cifras del refugio digital

Este no es un caso aislado ni una anécdota menor. Diversos estudios recientes sobre salud mental y tecnología, respaldados por instituciones como la RAND Corporation y asociaciones de psicología, muestran una realidad contundente:

Entre el 13 % y el 40 % de adolescentes y adultos jóvenes utilizan de forma regular chatbots de inteligencia artificial para buscar orientación sobre salud mental o afrontar la ansiedad, el estrés y la sensación de soledad. En algunos grupos con problemas de salud mental autoinformados, esta cifra supera el 45 %.

Por su parte, informes de la Asociación Americana de Psicología (APA) señalan que más de un tercio de los psicólogos clínicos atienden a pacientes que utilizan activamente herramientas de inteligencia artificial como un apoyo adicional para desahogarse, buscar validación o intentar comprender lo que les está ocurriendo.

Estas cifras reflejan algo más profundo que una tendencia tecnológica. Nos hablan de una necesidad humana. Cada vez más personas buscan un lugar donde sentirse escuchadas, comprendidas y acompañadas, aunque sea a través de una pantalla.

La ilusión de la compañía y el “efecto rebote”

Al observar cómo las personas interactúan con los modelos de lenguaje en busca de orientación, es común encontrar un patrón que se repite: el efecto rebote.

Aunque la inteligencia artificial tiene acceso a una enorme cantidad de información sobre psicología, teoría y enfoques terapéuticos, no la experimenta ni participa de ella como ocurre en un proceso terapéutico. Lo que hace es procesar, reorganizar y devolver el material que la persona le comparte, presentado con un lenguaje claro, coherente y, muchas veces, cercano.

Este mecanismo puede generar una trampa sutil: la ilusión de profundidad. Como las respuestas suelen estar bien estructuradas y escritas con claridad, la persona puede llegar a sentir que está realizando un trabajo interno profundo. Sin embargo, comprender intelectualmente lo que nos ocurre no siempre significa que ese proceso haya sido integrado o transformado.

En muchos casos, la conversación continúa girando alrededor del mismo material que la propia persona aporta. Es, en ese sentido, un efecto rebote: una experiencia en la que el diálogo vuelve una y otra vez al mismo punto de partida, aunque ahora aparezca reorganizado y expresado con mayor claridad.

Los riesgos invisibles de delegar el sufrimiento

Es aquí donde conviene detenernos a reflexionar. Cuando la inteligencia artificial comienza a ocupar un lugar que corresponde al acompañamiento terapéutico, también pueden aparecer riesgos que vale la pena considerar.

  • La validación sin contexto. Los modelos de inteligencia artificial están diseñados para responder a partir de la información que reciben y mantener el curso de la conversación. Sin embargo, no pueden percibir un cambio en el tono de voz, un silencio significativo, una contradicción entre lo que la persona dice y lo que expresa su cuerpo, ni todos aquellos elementos que también forman parte del proceso terapéutico. Sin ese contexto, algunas interpretaciones, distorsiones o formas de relacionarse consigo mismo pueden reforzarse sin que exista una intención de hacerlo.
  • Los límites ante el sufrimiento profundo. La inteligencia artificial puede ser una herramienta de apoyo, pero no está preparada para valorar ni acompañar, por sí sola, situaciones de alta complejidad, como una crisis de salud mental, un trauma grave o un riesgo para la integridad de la persona. Confiar exclusivamente en este tipo de herramientas puede generar una falsa sensación de acompañamiento y retrasar la búsqueda de la ayuda profesional que, en algunos casos, resulta indispensable.

La evitación de la alteridad y el falso saber

La terapia Gestalt, al igual que otros enfoques de la psicoterapia, se sostiene sobre un principio fundamental: el encuentro con el otro. La presencia de un terapeuta implica encontrarse con alguien que tiene una mirada propia, límites, resonancias y una forma particular de comprender lo que ocurre en la relación. Es precisamente esa diferencia la que hace posible que aparezcan aspectos de nosotros mismos que difícilmente podríamos descubrir en soledad.

La inteligencia artificial, en cambio, ofrece un espacio mucho más predecible. Al responder a partir de la información que la persona comparte, puede convertirse en una caja de resonancia donde el propio discurso regresa reorganizado, pero sin el desafío que supone encontrarse con la mirada de otro ser humano. Esa comodidad puede favorecer que la persona permanezca dando vueltas sobre las mismas explicaciones sin llegar a cuestionarlas profundamente.

A ello se suma otro fenómeno. Al tener acceso a una enorme cantidad de conocimiento psicológico, la inteligencia artificial puede utilizar conceptos con gran precisión —como mecanismos de defensa, proyección o polaridades—. Sin embargo, conocer esos conceptos no equivale a vivir el proceso que representan.

Existe el riesgo de que el lenguaje psicológico termine utilizándose para explicar el dolor más que para experimentarlo. En otras palabras, podemos llegar a saber mucho sobre lo que nos ocurre y, al mismo tiempo, seguir evitando el contacto con aquello que necesitamos sentir y elaborar.

Hacernos cargo del cansancio y la vulnerabilidad

El auge de la inteligencia artificial como apoyo emocional nos recuerda que existen cansancios que no vienen solo del cuerpo, sino también del aislamiento y de la falta de espacios seguros donde sentirnos escuchados y comprendidos.

La tecnología puede convertirse en una herramienta valiosa para ordenar ideas, favorecer la reflexión o ayudar a dar los primeros pasos para comprender lo que estamos viviendo. Sin embargo, no sustituye aquello que ocurre en un encuentro terapéutico.

La posibilidad de construir un vínculo, de ser acompañado por alguien que también participa en la relación y de descubrir aspectos de nosotros mismos que difícilmente aparecerían en soledad sigue siendo una de las mayores fortalezas del trabajo psicoterapéutico.

Quizá el mayor desafío no sea decidir entre la inteligencia artificial y la terapia, sino comprender qué lugar puede ocupar cada una dentro del cuidado de la salud mental.

La inteligencia artificial puede acompañar algunos momentos del camino. Pero el encuentro humano continúa siendo el espacio donde no solo comprendemos nuestra historia, sino donde también podemos empezar a transformarla.

Terapeuta Eli Córdova
México prioridad

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Eli Córdova
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