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Te respetamos como persona y respetamos tu investidura, pero te vamos a ayudar a que no te creas lo que no eres
Gabriel Zaid

Goethe invitaba a sus lectores a hacer una tarea elemental: “¿Quieres saber quién eres? Intenta cumplir con tu deber”. Un consejo atendible. Los mexicanos haríamos bien en hacer ese elemental ejercicio, en lo individual, en lo familiar, como comunidad y como nación.

Lo primero es asumir el papel de ser auténtico ciudadano, interesarse por la política, informarse de lo que acontece en nuestro entorno, en el país y en el mundo. No estoy sugiriendo la obligación de ser erudito, pero sí de tener un diagnóstico de nuestro tiempo. Sin memoria estamos perdidos, por lo tanto es necesario el conocimiento de nuestra historia. El compromiso se decanta naturalmente: hay que involucrarse, ser crítico, ser libre, pero también para qué ser libre, esto es, ser responsable.

En mi caso, como militante panista, después de 50 años de vida política, me he fijado algunos deberes. Equilibrar la vida pública y privada y como lo único que he hecho toda mi vida es política, pues mi obligación es continuar haciéndola.

La política es como la humedad, penetra en todas partes, es invasora e invasiva y afecta nuestras vidas en todos los órdenes. Los que nos dedicamos a ella, quienes accedimos a utilizar como medio el poder, “Hemos sellado un pacto con el diablo, de tal modo que ya no es cierto que en su actividad lo bueno solo produzca el bien y lo malo el mal, sino que frecuentemente sucede lo contrario”, escribió Max Weber. José Gorostiza lo dice en un verso elocuente: “Mi torpe andar a tientas por el lodo”.

Darle calidad a la política es de urgente y obvia necesidad y eso solo se logra con (Perogrullo dixit) participación ciudadana y mejorando el nivel cultural, teniendo como su principal herramienta el debate, la manifestación más palpable de la vida democrática. En las democracias consolidadas, lo primero que se percibe es la alta categoría de la vida parlamentaria y el equilibrio y control de los tres poderes.

Otra asignatura pendiente es mejorar el desempeño de los partidos políticos, sin los cuales no se puede organizar la voluntad ciudadana.

De lo dicho se desprende que el fin a lograr es darle cohesión a la sociedad. A nadie beneficia la confrontación y la estéril contienda sin siquiera precisar en qué diferimos.

El mayor error del actual gobierno es la escisión de la ciudadanía. Se profundiza una brecha ventilando nuevas y viejas querellas que imposibilitan el acuerdo y, sin este, todo avance se torna improbable. El discurso no invita a la reflexión pues ha degenerado en descalificaciones e insultos.

Hay que darle calidad al Estado en su concepción restringida, como el conjunto de instituciones al servicio del pueblo. Ahí es donde debe desplegarse el mayor empeño. Hoy es vigente una reflexión de Manuel Gómez Morin (1943): “Aquí el Estado es el común enemigo y el más terrible porque en vez de hacer justicia ha hecho subversión y en vez de gestionar el bien común ha instaurado apetitos o intereses pasionales o parciales, y lo mismo abdica de autoridad que la confunde con violencia y represión”.

Nuestro régimen es presidencial, salvo en los dos sexenios panistas que estuvo seriamente acotado, siempre ha tendido hacia la exacerbación. Todo parece indicar que 2020 será un año crucial; es decir, donde se cruzan ideas y principios con decisiones y hechos. Ojalá, en un ejercicio de congruencia tengamos un saldo favorable.

El amor propio en el pensamiento de Fernando Savater es un inicio de conciencia para conducirnos éticamente. Ruiz Cortines solía decir: “Hay que sobreponer el amor patrio al amor propio”. No son ideas contradictorias. Por el contrario, se complementan, pues el político que tiene una alta autoestima debe actuar con un alto altruismo. Eso es lo que lo hace un auténtico hombre de Estado.

Estas, estimado lector, son mis elucubraciones de Año Nuevo, felicidades.

Por: Juan José Rodríguez Prats

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