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Rigo acabó sentado en el suelo sujetándose el pecho

Su rostro tenía un rictus de dolor jamás visto en mi vida.

Había acabado de dispararle con su escopeta

Esa noche decidí poner un basta, un nunca más.

2015

Mi nombre es Betza. Tenía una vida llena de ilusiones, recién concluía mi prepa abierta, jamás fui buena estudiante y por eso es que no cursé una carrera, pero al menos sí mi preparación media superior. Fue en ese lapso donde conocí a Rigoberto.

Él era una persona mayor (digo mayor que yo), la verdad no sé qué le miré que me atrajo, porque era feo con F de fenómeno; sin embargo, tenía lo suyo, mira: era algo así como moreno tirándole a prieto, delgado aunque más bien tilico, de cabello chino y ojos de pulga. Siempre usaba pantalones entubados y playera.

Ah pero que ‘verbo’ tenía.

De hecho, bien dicen que “verbo mata carita” y pues caí.

Para no hacer la historia más larga, comenzamos a salir hasta que me enredó, fuimos pareja sentimental y luego llegó lo que considero: un verdadero infierno en vida.

Según –según– que porque su mamá tenía cáncer en fase terminal no tenía para el tratamiento y lo que ganaba en su trabajo no le alcanzaba. Fue como me propuso aceptar la invitación de un conocido suyo a beber una botella de vino.

  • ¡Estás loco!, ¿qué te pasa?, ¿cómo se te ocurre pedirme eso?, ¡soy tu novia, no una cualquiera!
  • Lo sé amorcito lo sé, pero mira, si te centras bien harás una obra de caridad para una mujer que podría ser la madre que no tienes desde niña y falta que se hacen. Mi mamá también es tuya, ve que no soy egoísta.
  • No, no puedo.
  • Anda, es sólo pasar un rato y medio beber, a esta persona le fascina el licor, tú sólo encárgate del ‘choro’, se va a embriagar y ni te va a tocar, por eso ni te preocupes. Estaré vigilando cada movimiento que el imbécil  haga.
  • ¡Si un cabello te llega a tentar se muere!

Eso me dio un poco de seguridad, sin embargo, aún así dudaba, total que así comenzó mi historia.

  • Seguro que me estarás cuidando
  • A wiwi amorcito, júntate conmigo y crecerás

Eso de “crecer” no entendí a qué se refería, total que acepté.

Ese día me pidió que usara un vestido de noche a mi parecer atrevido, pues tenía un pronunciado escote en la espalda. Me sentía incómoda, además el rojo era un tono muy atrevido como para alguien que es un completo desconocido, y no tu pareja.

En un principio se portó caballero, aunque ciertamente parecía caballo sediento y hablaba hasta por los codos de su colección de trajes Armani, y su pasión por los caballos.

Hasta eso no era feo, pero era un naco venido de menos a más. Se ganó la lotería y creía ser dueño de todo, incluso de las personas; fue donde empecé a tener miedo.

  • ¿Y cómo ‘dijistes’ que te llamabas?, ¿Bertha?
  • Betza, Betza.
  • ¿Qué te parece el ambiente, alguna vez habías venido a alguno de estos lugares?, preguntó mientras encendía un puro y tras el cual no paraba de toser.
  • No señor es mi primera vez
  • Já, ¡primeriza eh!

En eso su dedo pulgar e índice acarició mi barbilla.

  • Me encargaré de que esta noche jamás la olvides
  • Eh, no gracias
  • Ptss tú mesero, atiende a la dama

La noche se hacía larga y ‘el cebú’ no daba señales de estar ebrio. Me levanté y fui al baño buscando por todas partes a Rigo a ver si ahora lo podía localizar, y efectivamente lo hallé bebiendo con unas mujeres carcajeándose mientras yo sufría.

  • ¿Qué haces aquí, tu lugar es con el cliente?
  • ¿Cliente?, ¿me viste cara de jabón?
  • Cálmate amorcito, no te dije todo: mamá será sometida a una intervención y el dinero que nos suelte el tipo con quien estás la va a revivir.
  • Ándale, no lo hagas por mi
  • Regresa y pórtate bien
  • ¿Y ellas quiénes son?, todavía sonsa le pregunté

Me sujetó del brazo y me respondió: tengo que aparentar, sino van a sospechar.

Cuando regresé, tipo de la mesa ya estaba pasado de copas. Me pidió bailar, rechacé, pero los ojos de Rigo me seguían como mira láser y asintió a lo que me solicitó.

Las luces se atenuaron, sentí su aliento sobre mi hombro (qué asco), su mano sobre la mía, mientras que la otra en mi cintura tocando mi espalda desnuda. Algo que me provocaba escalofríos y repulsión; enseguida dijo que le gustaba el aroma de mi piel a lo que de inmediato me separé. Era más alto de lo que pensaba.

Me abrazó por la fuerza y tocó mi espalda por completo. Mis ojos casi se salen en busca de Rigoberto quien literal ‘se lo había tragado la tierra’. Acto seguido le di una cachetada.

  • Eres una dama de compañía, ¿por qué te pones brusca?
  • ¿Yo soy qué?
  • Pagué por un servicio y por ‘adela’, ahora cumple chamaca, dijo sujetándome con una mano de la garganta.

Esa noche no sólo tuve que bailar con él, sino beber hasta perder el sentido, pues de lo contrario “me llenaría de plomo el estómago”, advirtió al enseñarme una .38.

Dirán que cómo puede caer una mujer en este ‘oficio’, que soy una fácil, que soy una cualquiera, pero tenía el sueño de ser cultora de belleza, para que digo que bailarina o actriz como en las películas. Eso no existe en la vida real; lo cierto es que por un salvar a doña Amparo (su propia madre), también fui chantajeada.

De uno vino otro y luego otro hasta que se me hizo común ser un objeto, una materia prima, algo reciclable, aunque el día en que mamá Amparo exhaló su último aliento ese día determiné no volver a ser mancillada por ningún otro hombre.

Debo ser franca: entrar es fácil, salir no.

Y menos con una ‘sombra’ como la que tenía.

Rigoberto descubrió mis intenciones. De hecho, tenía preparado viajar a otro estado del país y huir, aunque la verdad no contaba con su rencor; no pensé que me había convertido en su ‘minita de oro’ y que escapar implicaría su quiebra.

2020

Primero recibí un puñetazo en el ojo.

  • ¿Creíste que escaparías de mi?
  • Y así nada más porque si… date cuenta pequeña zorra que eres lo que eres y tienes lo que tienes gracias a mi

Aún recostada sobre el suelo me dio una patada en el estómago, apenas estaba a punto de reincorporarme.

Sólo veía estrellitas.

Desgraciadamente tuve que ir a su casa por mi INE, acta de nacimiento y otros documentos que él resguardaba.

Entré a su casa a media noche y no había energía eléctrica!!!

Me tomó de la cola que me hacía del cabello luego de que volara no sé dónde mi cachucha.

  • Viniste a la boca del lobo, la pregunta es a qué
  • La enferma de mamá ya no vive así que no tienes a qué venir, a menos que sea por su fantasma…
  • Betza, ¡siempre tan estúpida!

Otra bofetada acabó por hundirme a las escaleras de un sótano.

Como pude me reincorporé. No había luz, es donde dormía mamá Amparo, tocaba por impulso, a ciegas, hasta que mis manos dieron con un objeto frío y con dos cañones.

Era la escopeta de Rigoberto.

Corté cartucho y me preparé para lo peor.

Él bajó lentamente los escalones con una pala en mano dispuesto a rematarme.

No sé cómo, pero giramos de lugar.

Lo amenacé.

Bajó la pala.

Lo fui dejando abajo (en el sótano), aunque iba subiendo uno a uno mirándome  y sin dejar de sonreír.

Le dio el reflejo de la luz de la ventana y vi que tenía una hoguera en los ojos.

El hombre del ‘verbo’ ya no hablaba, ahora actuaba.

Yo estaba a punto de ser otra estadística más en casos de feminicidios.

  • ¿Y si le disparo en la pierna? (no quiero matarlo), pensaba
  • Pero jamás he usado un arma, ¡estoy loca!, me respondía

Me hacía preguntas sin tener contestación.

Seguí subiendo sin dar vuelta atrás hasta que resbalé

Fue cuando no sé de dónde agarró un cuchillo de cocina y en eso hubo un disparo que le cegó la vida.

Rigo acabó sentado en el suelo sujetándose el pecho

Su rostro tenía un rictus de dolor jamás visto en mi vida.

Estaba segura de haberle disparado, ¿pero cómo si caí?

Un policía había desenfundado su arma a tiempo desde la ventana por fuera de la casa.

Esa noche decidí poner un basta, un nunca más.

“Porque aquél que vive más de una vida, debe vivir más de una muerte”

Oscar Wilde

Por: Arnoldo Márquez

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