PISA y el futuro que México quiere construir

No debería preocuparnos el lugar de México en una tabla. Debería preocuparnos lo que quienes hoy están en las aulas podrán hacer con lo que saben.

Cada vez que se publican los resultados de PISA ocurre algo parecido. Miramos el lugar de México, comparamos el puntaje con otros países, nos preocupamos unos días, buscamos responsables y después seguimos adelante.

Hasta que llega la siguiente evaluación. Quizá estamos haciendo la pregunta equivocada.

Lo importante no es si México obtuvo 388 puntos en matemáticas o si estamos tantos lugares por debajo de Japón, Corea o Singapur. La pregunta que debería preocuparnos es mucho más cercana:

¿Qué podrán hacer quienes hoy tienen 15 años con lo que saben cuando lleguen a la universidad, busquen su primer empleo, tengan que aprender a operar un equipo, resolver un problema que nunca habían visto o trabajar acompañados por inteligencia artificial?

Eso cambia la conversación.

Siete de cada diez

PISA evalúa a estudiantes de 15 años. En 2025 participaron más de 760 mil estudiantes de 91 países y economías, representativos de unos 33 millones de personas de esa edad. En México fueron 7,843 estudiantes de 297 escuelas.

PISA no pretende averiguar simplemente cuánto recuerdan de matemáticas, ciencias o lectura. Busca saber qué son capaces de hacer con lo aprendido: resolver problemas, pensar críticamente, interpretar información y aplicar conocimientos a situaciones de la vida real.

Ahí comienza mi preocupación.

En matemáticas, México obtuvo 388 puntos, frente a 463 del promedio de la OCDE. Pero el dato que me parece más importante es otro: sólo 30% alcanza el Nivel 2 o superior. Siete de cada diez estudiantes se quedan por debajo de ese piso básico de competencia.

En ciencias, 50% alcanza el Nivel 2 o superior, frente a 74% en la OCDE; en lectura, 50%, frente a 69%. Y prácticamente no tenemos estudiantes en los niveles superiores. Hay además una brecha por género: en matemáticas la diferencia media es de 16 puntos a favor de los hombres y en ciencias de 13; en lectura, las mujeres superan a los hombres por 12 puntos. No hablamos simplemente de una mala calificación.

El Nivel 2 en matemáticas significa, por ejemplo, reconocer cómo representar una situación sencilla, comparar la distancia de dos rutas o realizar una conversión. En lectura supone identificar la idea principal de un texto de extensión moderada, encontrar información con criterios explícitos y reflexionar sobre su propósito o forma cuando se pide hacerlo. En ciencias implica utilizar conocimientos básicos para determinar si una conclusión está respaldada por los datos.

Eso es lo que debería preocuparnos.

De PISA a la vida real

Imaginemos ahora que quien hoy tiene 15 años solicita un empleo dentro de algunos años.

Quizá uno de los primeros filtros sea resolver una regla de tres. Tal vez tenga que entender que una pizza de 60 centímetros de diámetro no tiene el doble de superficie que una de 30: tiene cuatro veces el área.

O tendrá que leer el manual de una máquina, comprender las instrucciones, identificar lo esencial y, después de utilizarla durante algunos meses, ser capaz de preguntarse cómo podría operarla mejor.

En una conversación reciente sobre PISA aparecieron dos ejemplos empresariales que aterrizan el problema: empresas que deben reforzar matemáticas elementales porque parte de su personal necesita convertir pulgadas a centímetros para trabajar con determinados equipos; u otras donde una prueba de selección consiste en leer y comprender el manual de operación de un montacargas.

No hablamos de matemáticas avanzadas ni de ingeniería, sino de capacidades fundamentales para trabajar y seguir aprendiendo.

Y ése es el punto: PISA deja de ser una discusión sobre la escuela cuando quienes fueron evaluados salen de ella. Se convierte en una discusión sobre empleo, productividad, movilidad social, innovación y desarrollo.

Ya no basta con preguntar qué saben

A partir de PISA 2025, yo resumiría el desafío en cuatro preguntas:

¿Qué saben?

¿Pueden aplicar lo que saben?

¿Pueden aprender cuando enfrentan algo que todavía no saben?

¿Pueden utilizar la tecnología y la inteligencia artificial sin sustituir su propio pensamiento?

PISA además exploró curiosidad, perseverancia, autorregulación, búsqueda de ayuda y growth mindset: la convicción de que nuestras capacidades pueden desarrollarse mediante aprendizaje, esfuerzo y retroalimentación.

México tiene señales interesantes. El 80% de los estudiantes se describe como curioso, frente a 73% en la OCDE, y 76% dice realizar un esfuerzo adicional cuando el trabajo se vuelve desafiante, frente a 60% en la OCDE. Sin embargo, sólo 61% manifiesta un growth mindset, frente a 69% en la OCDE.

Estamos ante generaciones que quieren aprender. Hay tierra fértil sobre la cual construir.

Y llegó la inteligencia artificial

Hay otra razón para preocuparnos más que hace diez años.

Quienes hoy están en las aulas ya utilizan IA. En México, 47% de los estudiantes utiliza chatbots de IA semanalmente para aprender; 40% los utiliza para investigación preliminar, 34% para resumir y 35% para redactar.

La IA ya está aquí. La pregunta es qué capacidades llevan consigo cuando la utilizan.

Quien comprende, razona, contrasta fuentes y formula preguntas puede utilizar la IA para ampliar sus capacidades.

Pero si tiene dificultades, la misma herramienta puede sustituir precisamente el esfuerzo que necesita para desarrollar esas capacidades.

El desafío es aprender a trabajar con la IA: preguntar, contrastar, verificar, detectar errores, formular mejores preguntas y saber cuándo no delegar nuestro pensamiento.

¿Y el inglés, apá?

Hay todavía otra pregunta que México tiene que hacerse:

¿Estamos formando estudiantes preparados para el futuro que México dice querer construir?

México forma parte del T-MEC. Queremos aprovechar el nearshoring. Hablamos de vehículos eléctricos, semiconductores, manufactura avanzada, dispositivos médicos, IA y de convertir al turismo en un gran motor de desarrollo.

Estas apuestas necesitan personas capaces de comunicarse y trabajar en entornos internacionales. El propio Plan México plantea formar cada año a 150 mil profesionistas y técnicos con capacitación continua alineada a sectores estratégicos y busca colocar al país entre los cinco más visitados del mundo.

Y entonces aparece una ausencia. Por primera vez, PISA 2025 incorporó una evaluación opcional de inglés como lengua extranjera en la que participaron 22 países y economías. México no estuvo entre los participantes.

Eso no significa que PISA haya demostrado malos resultados de México en inglés. Significa que no contamos con esa medición.

Podemos hablar de semiconductores, vehículos eléctricos, IA, turismo y cadenas de suministro. Pero debemos preguntarnos si quienes hoy están en las aulas desarrollan las capacidades para participar en ese futuro. El inglés dejó de ser un diferenciador: es una capacidad de entrada, parte de la infraestructura de capital humano que requiere el modelo de desarrollo que México dice querer construir.

El problema no termina en la educación

Por un lado construimos una estrategia de desarrollo económico: sectores prioritarios, inversión, mayor contenido nacional, cadenas de mayor valor, inteligencia artificial y productividad.

Por otro, una estrategia educativa. Con demasiada frecuencia discutimos ambas como si pertenecieran a mundos diferentes. No son dos conversaciones.

El futuro productivo y social que México quiere construir requiere determinadas capacidades.

PISA nos obliga a preguntarnos si las estamos formando.

Entonces, ¿qué hacemos?

Aquí es donde PISA deja de ser para mí un informe educativo y se convierte en un problema de estrategia.

Richard Rumelt propone buscar el crux: entre el enorme conjunto de problemas que enfrentamos, identificar aquel desafío que es a la vez fundamental y abordable.

En educación podemos construir una lista interminable: infraestructura, desigualdad, abandono, contenidos, docentes, tecnología, evaluación, gobernanza, inglés, IA… Todos importan.

Una estrategia comienza cuando dejamos de enumerar problemas y elegimos dónde actuar.

Si tuviera que formular el crux a partir de PISA, propondría algo así:

¿Cómo lograr que quienes hoy están en las aulas desarrollen las capacidades para comprender, razonar, resolver problemas, comunicarse y seguir aprendiendo en el mundo en el que México quiere competir y desarrollarse?

¿Cuál es nuestra aspiración ganadora?

No debería ser “subir 20 lugares en PISA” ni simplemente “alcanzar el promedio de la OCDE”. Propondría algo más preciso: que todo estudiante termine la educación obligatoria con las capacidades fundamentales para aprender, trabajar, participar en la sociedad y seguir desarrollándose.

Y, al mismo tiempo, que México deje de tener prácticamente vacío el extremo superior de la distribución.

Porque tenemos un problema de piso y de techo: demasiadas personas debajo del Nivel 2 y muy pocas en los niveles 5 y 6.

¿Dónde jugar?

Aquí tomaría una decisión. No intentaría arreglar simultáneamente todo el sistema educativo.

Concentraría la estrategia en los años en que todavía podemos consolidar las capacidades fundamentales, con especial atención a quienes corren mayor riesgo de quedarse atrás.

Y elegiría dos grandes jugadas.

Primera jugada: definir y desarrollar las capacidades fundamentales

Comprender lo que se lee. Razonar matemáticamente. Interpretar evidencia. Formular una pregunta. Resolver un problema. Explicar por qué una respuesta tiene sentido. Contrastar información. Comunicarse en otro idioma. Aprender a aprender.

La primera elección sería definir qué capacidades fundamentales debe dominar una persona al concluir cada etapa educativa y concentrar contenidos, tiempo, evaluación y recursos en desarrollarlas. Eso exige menos dispersión y mayor profundidad.

Y ahora debemos agregar alfabetización digital e inteligencia artificial, no como otra materia llena de contenidos, sino transversalmente: preguntar, experimentar, verificar, contrastar, corregir y crear.

Segunda jugada: convertir al docente en el gran desarrollador de esas capacidades

Un nuevo currículo no cambia un salón de clases por sí mismo.

La segunda elección tendría que ser una apuesta de largo plazo y con altura de miras por quienes enseñan: dominio disciplinar, pero sobre todo capacidad para explicar, preguntar, retroalimentar, identificar dónde se atasca un estudiante, plantear problemas, fomentar la perseverancia y utilizar tecnología para mejorar el aprendizaje.

Y hay una buena noticia: 81% de los estudiantes dice que sus docentes muestran interés en su aprendizaje; 77% que continúan enseñando hasta que comprenden y 83% que ofrecen ayuda adicional cuando la necesitan. Los tres indicadores superan el promedio de la OCDE.

Otra capacidad sobre la cual construir.

Contenido y formación docente. No como dos programas independientes, sino como dos piezas de una misma estrategia.

¿Cómo vamos a ganar?

Aquí todavía falta algo.

Decir “mejoraremos contenidos y capacitaremos docentes” no constituye una estrategia. Lo hemos escuchado tantas veces que a veces parece que ya ni creemos que la educación pueda transformar la sociedad.

Tenemos que definir cómo sabremos que están funcionando.

No podemos esperar al siguiente PISA. Necesitamos indicadores sencillos y persistentes: cuántas personas alcanzan las competencias fundamentales; cuánto progresan; dónde se cierran brechas; qué prácticas producen mejores resultados; quiénes abandonan el rezago y cuántos avanzan hacia niveles superiores.

Y relacionarlos con indicadores que casi nunca ponemos en la misma conversación: empleabilidad, ingreso, productividad, movilidad social, innovación, adopción tecnológica y crecimiento regional.

Porque la finalidad no es mejorar un examen. Es ampliar las posibilidades de vida y las capacidades de desarrollo de una sociedad.

¿Quiénes serán los estrategas?

Muchas de estas cosas ya las hemos intentado. Quizá falta una pieza que solemos olvidar: una estrategia necesita estrategas, personas capaces de sostenerla cuando cambien gobiernos, funcionarios, presupuestos y modas.

Liderazgos que comprendan el problema, escuchen a quienes enseñan y aprenden, reconozcan errores, conviertan una aspiración en acciones y sean capaces de generar ánimo y mantener el rumbo.

Como en un equipo que quiere llegar al Mundial. No basta declarar que queremos ganar. Hay que decidir en qué cancha jugaremos, cómo jugaremos, qué capacidades necesitamos desarrollar, cómo sabremos si estamos avanzando y quién mantendrá al equipo concentrado cuando inevitablemente aparezcan derrotas.

Preocuparnos no alcanza

Quizá ésa sea finalmente mi respuesta a la pregunta con la que empecé. ¿Por qué deberían preocuparnos los resultados de PISA? No porque México haya obtenido 388 puntos en matemáticas.

Nos deberían preocupar porque detrás de ese número están quienes tendrán que resolver problemas, comprender instrucciones, comunicarse con el mundo, aprender nuevas tecnologías, adaptarse a empleos que todavía no existen y convivir con equipos capaces de proporcionar respuestas instantáneas.

Y una proporción demasiado grande está llegando a ese futuro sin haber consolidado todavía las capacidades fundamentales.

Pero preocuparnos tampoco alcanza. Necesitamos comprender qué ocurre, desenredar un problema complejo, identificar el desafío que realmente importa y hacer elecciones sobre el futuro que queremos construir.

Después hay que actuar, medir, aprender, corregir y sostener el rumbo.

De otra manera, dentro de algunos años volverán a publicarse los resultados de PISA. Nos sorprenderemos. Nos preocuparemos. Buscaremos culpables. Y volveremos a esperar.

Es tiempo de ocuparnos.
Es tiempo de construir el siguiente futuro.
Conversemos.
Picture of Eugenio Yarce
Eugenio Yarce
+ Articulos
También puede interesarte
Últimas Noticias

PISA y el futuro que México quiere construir

Los retos del liderazgo en el siglo XXI

…”Vaginoplastia Politica”…

Me recibió la propietaria de la casa

¿QUÉ NOS ESPERA PARA SEPTIEMBRE?

Mexicanos ilustres – Tras sus pasos por España Octavio Paz y la misteriosa aparición en Barcelona.

El pulso del dinero:

Encontrar el quid

Jíkuri: viaje al país de los Tarahumaras

El incendio que dio origen a El Parián de Puebla

El profundo propósito de la vida: sentirse mirada

¿Quién controla realmente la atención? (Y qué debe evaluar una empresa antes de contratar agencia)

No duermen en Palacio

Palestina Tiene Nombre de MujerEl Confesionario

SATURNO SIGUE DEVORANDO A SUS HIJOS

El territorio de la conversación

Opiniones, vacíos y dogmas: ¿Desde dónde conversamos y cómo tratamos al otro?

📊 ¿Cómo perciben los poblanos la seguridad en la ciudad?

Patrocinadores