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Democradura: régimen político que combina las apariencias democráticas con un ejercicio arbitrario del poder
Pierre Rosanvallon

Relata José López Portillo en sus memorias su equivocada y costosa decisión de estatizar la banca y que se inclinó por Miguel de la Madrid para sucederlo, autodefiniéndose como “el fiel de la balanza”. Percibió que el problema más grave no era político (en cuyo caso se habría ungido a Javier García Paniagua), sino económico, para justificarse.

El nuevo presidente entendió la difícil situación que heredaba. Lo dijo en pocas palabras: “No permitiré que el país se me deshaga entre las manos”. En un presuntuoso y demagógico autoelogio, el mismo López Portillo diría que él fue “el último presidente de la Revolución mexicana”. Destaco dos relevantes decisiones. La desastrosa expropiación de predios afectados por el temblor de 1985 y la entrada al Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT por sus siglas en inglés) que significó el fin del nacionalismo revolucionario. La apertura de la economía repercutió en el deterioro del partido hegemónico, iniciaba la contienda por el poder real.

A mi juicio, De la Madrid nunca dudó en designar a Carlos Salinas de Gortari como su sucesor. Siempre vio en él gran inteligencia, arrojo para tomar decisiones y capacidad para elegir colaboradores. Se hizo la faramalla de la pasarela y después se dio, con algunos tropiezos, el ritual del destape y la cargada.

Nunca sabremos el resultado real de la elección de 1988. Hay evidencias sobradas de la monumental alteración de cifras en favor del candidato oficial, pero de ahí a afirmar su derrota, hay una notoria distancia.

Asumo las consecuencias de un atrevido diagnóstico. Hay muchas bazas en el platillo de los negativos del gobierno de Salinas, pero las reformas realizadas durante su gobierno han sido las más trascendentes en el periodo posrevolucionario. Regresar la banca a los particulares (¿se imagina usted a AMLO designando a militantes de Morena como gerentes de bancos?); terminar el reparto de la tierra y la opción de convertir el ejido en propiedad; la firma del TLC y la reforma electoral de más alto calado y la alternancia del poder en gubernaturas. Todas ellas realizadas con el apoyo del PAN, tuvieron efectos positivos. Ha sido el sexenio de más alto crecimiento del PIB en las últimas décadas.

Pienso, en un ejercicio de historia antifactual, cómo habría sido el gobierno de Cuauhtémoc Cárdenas en caso de haber ganado. Por sus antecedentes, tengo la certeza de que ninguno de esos cambios se hubiese dado.

Salinas, desde el inicio de su gestión, empezó a preparar a su sucesor. Vio en Luis Donaldo Colosio a un líder generacional con una gran empatía. Lo llevó al frente del PRI y posteriormente a una secretaría (Desarrollo Social) creada como plataforma de lanzamiento. Solo Manuel Camacho Solís no percibió la maniobra. Después vino el lamentable homicidio.

A Ernesto Zedillo le cayó la presidencia como una pesada carga. Sí hubo un error de diciembre al no ratificar a Pedro Aspe como secretario de Hacienda. Jaime Serra Puche fue cesado y se gobernó el resto del sexenio con disciplina. Logró corregir con Guillermo Ortiz y José Ángel Gurría y terminó su gobierno con una recuperación del PIB en el año final, similar al de la caída del primer año.

Al exigir los priistas como requisito para ser candidato presidencial haber tenido un cargo de elección popular, Zedillo perdió interés en designar sucesor. El apoyo a Francisco Labastida, vía los recursos del denominado “Pemexgate”, fue simplemente para cubrir las apariencias. Frente a un candidato carismático y con un partido con muchas décadas de ser oposición, por fin se dio la alternancia en el cargo más importante del Estado mexicano.

Vicente Fox ha sido juzgado con gran severidad. Sus indicadores en todos los órdenes son positivos. Respetó al PAN y miente quien afirme que quiso imponer sucesor.

Pensamos que la historia del tapado había terminado. No fue así.

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