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La política es la expresión pragmática de creencias y compromisos determinados por la cultura
Rebecca Solnit

Al día siguiente de su destape, Adolfo López Mateos desayunó con Adolfo Ruiz Cortines y Antonio Ortiz Mena en casa de este último. Ahí se acordó el principio que orientó al gobierno por muchos años: deslindar lo económico de las veleidades políticas. Ortiz Mena fue designado secretario de Hacienda y en diferentes textos reconoció, como antecedente del denominado “desarrollo estabilizador”, las tesis de Manuel Gómez Morin (banco central autónomo) y de Eduardo Suárez, secretario de Hacienda de Cárdenas y Ávila Camacho. Era frecuente escuchar a López Mateos responder a la petición de alguna inversión: “Eso no me lo autoriza el secretario de Hacienda”.

En aquellos años surgió la expresión de “el tapado”. Hasta donde mis pesquisas alcanzan, el autor fue Abel Quezada. Hubo señalamientos de que no estaban tapados, pues eran visibles a la opinión pública. El caricaturista respondía: “Sí, pero no va a reconocerlo ni iniciar campaña hasta que el dedo presidencial lo señale”. Hubo una interesante reflexión: “El tapado es el presidente que exhibe a sus candidatos hasta que da la instrucción y empieza ‘la cargada’ por el favorecido”.

López Mateos fue un gobernante un tanto frívolo y populista. Ortiz Mena lo convenció de no expropiar las industrias eléctricas, sino comprarlas. En un acto demagógico, modificó el artículo 27 constitucional, introduciendo un error legislativo que nos hizo mucho daño y nos llevó décadas corregir. Pero esa es otra historia

En la secretaría de Gobernación designó a un amigo de muchos años a quien admiraba y respetaba por su personalidad fuerte, autoritaria y su estilo directo y contundente para asumir decisiones. En él delegó la conducción política del país y, sin dudarlo, lo destapó como sucesor. Ni remotamente lo hizo en el afán de prolongar su poder.

Gustavo Díaz Ordaz concentró aún más el poder. Nunca ha quedado claro porqué designó al más sumiso de sus colaboradores para sucederlo. ¿Lo engañó durante los 12 años que fue su subalterno? ¿Creyó que podría seguir mandando, reestableciendo el Maximato? Lo cierto es que, cuando observó a Luis Echeverría Álvarez en sus primeros meses como candidato, se arrepintió e intentó modificar su decisión. Demasiado tarde, ese tren no tenía reversa. La influencia de Alfonso Martínez Domínguez, entonces presidente del PRI, fue un factor determinante para que no lo hiciera. Al paso de los años, un periodista le preguntó qué opinaba del desempeño de Echeverría. Su respuesta lo dice todo: “Fue mejor que yo, el sí supo elegir sucesor”.

Los doce años siguientes fueron un desastre, caracterizados por un gran desorden y con fuerte dosis de populismo. Hugo B. Margáin, secretario de Hacienda, intentó continuar con la misma política económica y fue cesado en mayo de 1973. El presidente Echeverría pronunció una frase fatal: “Las finanzas se manejan desde Los Pinos”. José López Portillo no quiso correr la misma suerte de su antecesor y permitió cierto relajamiento de la política ortodoxa.

Creo que Echeverría hizo un sereno análisis para designar sucesor. Nadie puede negarle preparación, carisma y personalidad a López Portillo. A los pocos años de su gobierno, obsequió a sus colaboradores el libro de un político y periodista, Jean Jacques Servan-Schreiber, El desafío mundial, quien pronosticaba el giro del poder mundial. Ahora los poderosos serían los dueños del petróleo. Ante los grandes yacimientos descubiertos en México, salió a pedir prestado al mundo entero. “México tiene que aprender a administrar la abundancia”, decía. El precio disminuyó ligeramente en mayo de 1981 y Andrés Oteysa pronunció palabras fatales: “Barril que no compren se suspenderá para siempre”. Jorge Díaz Serrano, director de Pemex, escribió que hasta acá se escuchaban las risas de los árabes que se quedaron con nuestros clientes.

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