Hay series que entretienen y hay otras que incomodan porque terminan pareciéndose demasiado a la realidad. El Juiciopertenece, para mí, a la segunda categoría.
Más allá de la trama judicial, de la desigualdad económica o de la capacidad que puede tener una familia poderosa para enfrentar —o torcer— un proceso, la serie obliga a mirar un problema anterior: ¿qué está pasando con la educación de nuestros adolescentes?
Porque antes del tribunal hubo una casa. Antes del expediente hubo una familia. Antes del abogado hubo padres, maestros, directores, límites —o ausencia de ellos—, dinero, alcohol, redes sociales, juegos que dejan de ser juegos y una cultura donde demasiadas veces se aprende que las consecuencias son negociables.
Y Puebla conoce perfectamente ese escenario.
No hace falta hablar solamente de ficción. Hemos visto episodios que estremecieron a la sociedad: jóvenes involucrados en agresiones, abusos, golpizas, accidentes provocados por imprudencia y episodios de prepotencia que terminan viralizados. Cambian los nombres, el colegio, la colonia o el automóvil. El patrón, en ocasiones, se parece demasiado.
Hay padres convencidos de que pagar una colegiatura elevada es educar.
No.
Hay quienes creen que porque sus hijos estudian en una institución prestigiosa, privada o incluso religiosa, la formación moral viene incluida en la mensualidad.
Tampoco.
La escuela puede acompañar. Puede formar. Puede corregir. Pero hay una responsabilidad que ninguna institución puede sustituir: la de los padres.
Los hijos aprenden mucho menos de nuestros discursos que de nuestra conducta. Aprenden cómo tratamos a quien tiene menos poder. Cómo hablamos del mesero, del policía, del guardia de seguridad, del maestro. Aprenden qué hacemos cuando cometen una falta. Aprenden si respondemos: “hazte responsable” o “yo lo arreglo”.
Ahí comienza la impunidad.
Mucho antes de los tribunales.
Cuando un padre utiliza su dinero, sus contactos o su influencia para evitar que su hijo enfrente las consecuencias de sus actos, quizá cree que lo está protegiendo. En realidad puede estar enseñándole algo peligrosísimo: que las reglas son para los demás.
Lo mismo sucede cuando una escuela oculta el bullying porque el agresor pertenece a una familia importante; cuando un directivo prefiere evitar un conflicto con los padres; cuando un maestro decide mirar hacia otro lado.
El silencio también educa.
Y Puebla tiene además una contradicción particular. Una ciudad profundamente orgullosa de sus colegios, universidades, tradiciones y familias, pero que convive también con una cultura del bluff: el apellido, el fraccionamiento, el coche, el restaurante, la ropa, la fotografía perfecta para Instagram.
Nada de eso es malo en sí mismo.
El problema comienza cuando confundimos tener con ser.
Mientras los adultos competimos por demostrar éxito, muchos adolescentes están creciendo en medio de una tormenta perfecta: vacío de autoridad, acceso temprano al alcohol, hipersexualización, redes sociales, necesidad de aprobación, presión de grupo y una maduración cerebral todavía incompleta.
La neurociencia lleva años explicándonos algo fundamental: durante la adolescencia, los sistemas relacionados con la recompensa, la emoción y la búsqueda de experiencias intensas pueden desarrollarse antes que las capacidades ejecutivas vinculadas con la corteza prefrontal: anticipar consecuencias, regular impulsos y tomar decisiones prudentes.
Por eso no basta con decirle a un joven de dieciséis años, en medio de una fiesta, intoxicado, excitado y sometido a presión social:
“No es no”.
Claro que no es no. Siempre.
El consentimiento debe ser inequívoco.
Pero la educación sobre ese “no” tendría que haber comenzado muchos años antes.
- Cuando enseñamos límites.
- Cuando enseñamos respeto al cuerpo del otro.
- Cuando enseñamos que nadie nos pertenece.
- Cuando enseñamos que el alcohol no suspende la responsabilidad.
- Cuando enseñamos que tener dinero no concede derechos sobre las personas.
- Cuando enseñamos que masculinidad no significa dominio.
- Cuando enseñamos que libertad y responsabilidad son inseparables.
Y hay algo todavía más perturbador: en determinados ambientes, la víctima puede terminar convertida también en victimaria. Jóvenes lastimados que lastiman. Adolescentes educados sin límites que terminan siendo incapaces de reconocer los límites de los demás.
Por eso quizá nuestra discusión social no debería terminar en quién fue culpable, quién fue inocente, cuánto dinero tenía determinada familia o qué abogado defendió a quién.
La pregunta más importante es anterior:
¿qué clase de personas estamos formando?
Necesitamos resignificar la educación.
Resignificar la autoridad.
Resignificar los valores.
Resignificar también el liderazgo de padres, maestros y directores.
Quizá Puebla necesita algo parecido a un pacto por los valores y por la no violencia: familias, colegios, universidades, empresas y sociedad civil acordando mínimos que no estén sujetos al poder económico de nadie.
Cero tolerancia al bullying.
Cero encubrimiento de la violencia.
Educación seria sobre alcohol, consentimiento y sexualidad.
Formación emocional.
Responsabilidad digital.
Escuelas capaces de decirle “no” también al padre poderoso.
Y padres capaces de permitir que sus hijos enfrenten las consecuencias de sus decisiones.
Porque el verdadero liderazgo no consiste en evitarles todos los golpes de la vida.
Consiste en formar personas que no necesiten golpear a nadie para sentirse poderosas.
Quizá el gran juicio que debemos hacer después de ver El Juicio no sea solamente al sistema judicial.
Es también un juicio a nuestras familias, nuestras escuelas y nuestra sociedad.
Y, sobre todo, a nuestra capacidad de seguir viendo hacia otro lado.
El “no” de una noche se aprende muchos años antes.
En casa.


