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El sentido común es como el oxígeno, cuanto más asciendes, más se diluye
John Lewis Gaddis

Afortunadamente en cuanto a la lectura, nunca termina uno de leer, siempre está rezagado. Por más que uno se esmere, todos los días hay sugerencias atendibles. Además, el retorno a viejas querencias es ineludible. En mi caso, nunca he dejado de releer a Ortega y Gasset. Recientemente me encontré un artículo suyo escrito hace casi un siglo denominado “No ser hombre ejemplar”. Transcribo dos ideas: “La esterilidad del falso ejemplar es consecuencia inevitable de su propósito. Como no se siente originalmente arrastrado hacia ninguna labor positiva ni goza de aptitud especial para ellas, tenderá a subrayar más en su vida la perfección en el no hacer “. La otra, “…y como es más fácil no hacer que hacer, su heroísmo se compondrá, sobre todo, de renuncias y obstáculos. El falso ejemplar no es el santo, sino el ‘santón’, y como éste, florece en los pueblos que sufren decadencia y se apartan de los grandes apetitos vitales”.

Noventa años después, otro filósofo español, Javier Gomá Lanzón, escribió sobre la ejemplaridad pública. Su tesis parte del siguiente principio: “…en esta época postnihilista, en que el autoritarismo y coerción han perdido definitivamente su poder cohesionador, solo la fuerza persuasiva del ejemplo virtuoso, generador de costumbres cívicas, es capaz de promover la auténtica emancipación del ciudadano”.

En una primera lectura, podría percibirse una contradicción entre lo que sostienen ambos pensadores. Sin embargo, hay una coincidencia relevante. La necesidad de que en cualquier vida ejemplar tiene que haber autenticidad y esta implica un riguroso respeto a la verdad. Ahí está el desafío de nuestra era. Hubo lustros en que la verdad era opaca y no trascendía. Ahora, por avances de toda índole, es más difícil ocultarla. Pero hemos caído en otro tipo de crisis que consiste en que se soslaye conocer la verdad y esto no tenga consecuencias.

Esta situación reviste la mayor seriedad y es causa de nuestro desorden. Lo podemos apreciar en varias naciones. En Estados Unidos se sabe que Donald Trump estuvo directamente involucrado en el atentado al Congreso de hace un año y en el Reino Unido se sabía de las terribles consecuencias del Brexit. No obstante, la ciudadanía persiste en apoyarlos. Por eso muchos pensadores califican al siglo XXI como el de la postverdad, la postdemocracia y el postliberalismo.

En su libro La muerte de la verdad, Michiko Katutani nos recuerda una pintura de Goya, del mismo nombre, en la que se regodean muchos que se beneficiaron con esa pérdida, pero también figura una dama que sufre enormemente el deceso: la justicia.

Vivimos pues en un ambiente que nos ha envenenado más de lo que pensamos. Dos instituciones que se deben sustentar, tanto en el ánimo de develarla, como para hacer más eficaz la vida pública, el parlamento y los partidos políticos, asumen, en teoría, una gran tarea cultural por antonomasia: preparar a la ciudadanía en el ejercicio de la democracia, la cual exige el compromiso de conducirse con apego a la verdad para así poder predicar con el ejemplo. Así de sencillo y majestuoso es el deber si queremos retornar a la ruta de nuestra transición, superando el autoritarismo del cual provenimos.

La historia nos da muchos ejemplos de vidas ejemplares, en todas he detectado su perseverancia para ser auténticos. Ninguno se propuso ser ejemplo. Llegaron a serlo en una circunstancia que les exigió cumplir obligaciones. Lo hicieron conscientemente porque era lo correcto y, al paso de los años, se les dio el reconocimiento que merecían.

Quien presume ser ejemplo simplemente por ambicionar un liderazgo o cierta superioridad, deviene sencillamente un demagogo.

Cualquier ciudadano se verá en un grave aprieto si se le pregunta el nombre de algún político que sea ejemplo en la práctica de virtudes. Ese es el vacío a llenar.

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