Mexicanos ilustres – Tras sus pasos por España

Ángela Peralta, el ruiseñor mexicano.

Ángela Peralta debutó a los 15 años en el Gran Teatro Nacional de la Ciudad de México interpretando el papel de Leonora en la ópera Il trovatore de Verdi. Corría el año 1861. Su voz era tan bella que conquistó de inmediato al público asistente. Ese éxito inicial fue determinante para arriesgarse a cruzar el océano rumbo a uno de los templos sagrados de la ópera: el teatro La Scala de Milán.

            Ese salto, que significaba abandonar México y buscar la gloria en Italia, requería un talento excepcional y representaba asumir un enorme reto. El exigente público europeo no estaba acostumbrado a ver triunfar a cantantes procedentes de América, por lo que las artistas de ese continente solían ser consideradas de segundo orden. Con este complejo escenario de fondo, Ángela emprendió el viaje en compañía de su padre, Manuel Peralta, y su maestro, Agustín Balderas. A pesar de su juventud, estaba dispuesta a sobresalir en el difícil mundo de la lírica.

            Cádiz fue el primer puerto español donde desembarcó tras cruzar el Atlántico en su travesía desde Veracruz. Con rapidez se corrió la voz sobre las cualidades vocales que atesoraba aquella joven de 15 años, y la sociedad gaditana no tardó en percatarse del portento musical que tenía la muchacha. Aunque era una adolescente desconocida en Europa, se organizaron audiciones privadas en la ciudad andaluza. Allí interpretó fragmentos de La sonnambula de Vincenzo Bellini, dejando boquiabiertos a los críticos locales.

            La prensa de Cádiz se hizo eco del prodigio del canto de la mexicana recién llegada. El periódico El Constitucional se deshizo en elogios hacia la joven, afirmando que desde ese momento ya nadie se referiría a ella con su auténtico nombre, Ángela Peralta, sino que, por dondequiera que fuese, la conocerían como el «Ruiseñor Mexicano».

            A partir de ese instante, sin que el periodista errara en su aseveración, dicho apelativo la acompañaría para siempre y en todo lugar a lo largo de su carrera. La prensa gaditana destacó de inmediato la delicadeza, la afinación y la prodigiosa agilidad de su interpretación. Esta estancia en Cádiz recargó de confianza a la joven soprano: España funcionó como un primer termómetro para demostrar que su talento no era algo pasajero, sino una fuerza artística que triunfaría en todo el mundo.

            Tras su breve paso por Andalucía, Ángela Peralta viajó a Madrid, donde el Teatro Real era el punto de encuentro de la alta sociedad. Aunque su prioridad era llegar a Milán para debutar en la ópera italiana, ofreció selectos conciertos en la capital que fascinaron a la aristocracia y a los círculos artísticos madrileños. Todo eran elogios hacia un registro que los cronistas describían como sonoro, metálico en los agudos y poseedor de una coloratura impecable. Su primer contacto con el público europeo en Madrid lo había resuelto con nota. La Villa y Corte quedó prendada de la presencia de la soprano, lamentando que su estancia se redujera a tan poco tiempo y debiera partir rumbo a Italia sin dar más recitales.

            El 13 de mayo de 1862, la soprano mexicana se presentó en el escenario de La Scala para interpretar el papel de Lucia en la ópera Lucia di Lammermoor de Gaetano Donizetti. Ángela Peralta deslumbró a la exigente audiencia milanesa. La ovación que le dispensaron fue de tal magnitud que tuvo que salir 32 veces al escenario a agradecer los aplausos. Entre quienes aplaudían con más énfasis estaba el recién proclamado rey de Italia, Víctor Manuel II. Tras este triunfo y sus posteriores interpretaciones, la prensa italiana la consagró como «Angelica di voce e di nome» (‘Angélica por su voz y por su nombre’), título que se sumó al que ya ostentaba de «Ruiseñor Mexicano».

            Gracias a los triunfos cosechados en Milán, Europa entera se rindió a sus pies, y escenarios de París, San Petersburgo y El Cairo, entre otros muchos, comenzaron a reclamarla y a disputarse sus actuaciones.

            Acompañada por el reconocimiento unánime de público y crítica, entre 1865 y 1866 Ángela regresó a México, donde fue distinguida como «Cantarina de la Cámara del Imperio» por los emperadores Maximiliano y Carlota de Habsburgo.

            Tras el avance republicano de Benito Juárez, la caída del Segundo Imperio Mexicano y el fusilamiento del emperador Maximiliano, Ángela Peralta decidió que lo más oportuno era emprender su segunda gira por Europa para mantenerse alejada de la inestabilidad política que vivía el país.

            Esta segunda etapa tuvo a España como un refugio no solo artístico, sino también de gran importancia en lo personal. Durante su paso por la capital española, se presentó en escenarios icónicos como el Teatro de la Zarzuela y, en 1867, establecida en Madrid, contrajo matrimonio con su primo hermano, el literato y diplomático Eugenio Castera.

            Lo que prometía ser una unión estable se convirtió en una pesadilla: al poco tiempo de la boda, Castera comenzó a desarrollar una enfermedad mental progresiva acompañada de brotes violentos. La artista observó con consternación cómo su esposo perdía la razón en público cada vez con mayor frecuencia. La presión económica, el impacto psicológico y la exigencia del escenario hicieron mella en el estado anímico de Ángela.

            Eugenio fue ingresado en un sanatorio mental, donde permaneció hasta su fallecimiento unos años después. Durante este doloroso periodo, Ángela se refugió en una faceta menos conocida pero brillante: la composición de música de salón para piano. La estancia de Ángela Peralta en Madrid coincidió con su periodo de mayor creación musical. La distancia con su patria y la melancolía de sus vivencias personales la llevaron a volcar su talento en las composiciones. En las tertulias, tanto en Madrid como posteriormente en Barcelona, no solo era admirada por su voz, sino también cuando interpretaba sus propias obras al piano o al arpa; partituras que años más tarde, de regreso en México, recopiló en su célebre Álbum musical de Ángela Peralta.

            Una vez estabilizada su situación personal, Ángela reanudó sus compromisos artísticos. El punto culminante de su carrera en España llegó a principios de 1871, cuando fue contratada como la gran atracción del Gran Teatre del Liceu de Barcelona, por entonces uno de los más importantes teatros de Europa.

            Debutó en el Liceu encarnando a Amina en La sonnambula, obra que le permitía lucir la agilidad, la afinación perfecta, el virtuosismo de su voz y los sobreagudos que la caracterizaban. La crítica cayó rendida ante su destreza técnica y su contención dramática. Los periódicos destacaban que, a diferencia de otras sopranos que recurrían a afectaciones dramáticas exageradas, la Peralta cantaba «sin violencia, con maestría y desembarazo, como si estuviera en ejercicios académicos».

            El Gran Teatre del Liceu se llenaba noche tras noche y Ángela Peralta obsequiaba a sus admiradores con unos retratos realizados en el estudio fotográfico Napoleón, que se hallaba en La Rambla a pocos pasos del teatro; una de las imágenes más difundidas de la artista pertenece precisamente a esa época. En 1871 ofreció en el Liceu su recital de despedida antes de proseguir su itinerario internacional hacia otros escenarios europeos y regresar posteriormente a México.

            En 1883, Ángela Peralta era la soprano más célebre de México y gozaba de un enorme prestigio internacional. En el punto más alto de su carrera, emprendió una gira por el norte del país con su propia compañía operística.

            La diva arribó al puerto de Mazatlán, en el estado de Sinaloa, a bordo del vapor Granada. La expectación en la ciudad era enorme; nadie quería perderse a la soprano más importante que había dado el país, el Ruiseñor Mexicano.

            Nadie sabía que el barco en que viajaba era portador de la fiebre amarilla. El virus se propagó con gran rapidez entre los miembros de la compañía. En cuestión de días, la mayoría de los músicos y cantantes cayeron gravemente enfermos. El contagio causó una alta mortalidad ante el desconocimiento médico de la época sobre su transmisión, producida por mosquitos.

            Ángela Peralta, al presentar los primeros síntomas, fue instalada en el Hotel Iturbide de Mazatlán. Tan solo tres días después, la soprano falleció el 30 de agosto de 1883, cuando contaba solo con 38 años de edad. Casi toda su compañía, como si quisiera acompañarla al cielo para realizar la más grande de las representaciones, falleció junto con ella a causa del brote.

            Al conocerse la fatal noticia, las crónicas de los diarios españoles recordaron con profunda nostalgia a aquella joven que había llegado a Cádiz a los quince años con una maleta llena de ilusiones y con el único capital de la pureza de su voz, instrumento con el cual terminó conquistando los teatros más importantes de Europa.

            El día 30 de agosto, festividad de Santa Rosa de Lima, fue jornada de luto en España para el Teatro Real y el de la Zarzuela de Madrid, así como para el Gran Teatre del Liceu de Barcelona, escenarios que conocieron a una de las más grandes sopranos que han existido.

® Fernando Gómez

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