Fray Servando, un aventurero con sotana
Era un día caluroso de mediados de julio en Barcelona. Para combatirlo, busqué cobijo durante unos minutos en la parroquia de San Ramón de Peñafort, ubicada en la rambla de Cataluña, a quinientos metros del hotel Majestic, donde, en un artículo anterior, comenté que se habían alojado Octavio Paz y Elena Garro. Dentro del recinto religioso, contemplando las capillas, me sorprendió descubrir en una de ellas la imagen de la Virgen de Guadalupe. De improviso, en el interior del templo, me vino a la mente una historia ocurrida a finales del siglo XVIII en la Ciudad de México que debido al interés que me suscitó me apetece contarles.
El 12 de diciembre de 1794, en la Insigne y Real Colegiata de Nuestra Señora de Guadalupe, un joven fraile dominico, en los actos en honor a la festividad de la Virgen, pronunció un polémico sermón en el que se atrevió a poner en duda la veracidad de las apariciones ocurridas en 1531 al indio chichimeca Juan Diego. El fraile argumentó que la tradición guadalupana era de origen prehispánico y que la imagen ya era venerada por los indígenas antes de la llegada de los españoles; además, sostuvo que el apóstol Santo Tomás, quien la había introducido, no era otro que Quetzalcóatl (la serpiente emplumada, deidad creadora presente en las culturas mesoamericanas).
Quien pronunció ese sermón transgresor que sacudió los cimientos teológicos y políticos del virreinato fue fray José Servando Teresa de Mier. En esa fecha tenía 29 años, llevaba dos años vistiendo el hábito de fraile dominico y poseía el doctorado en Teología. Había nacido en Monterrey, en el seno de una familia acomodada; su padre era regidor del Ayuntamiento de la ciudad y su madre descendía de los primeros españoles que habitaron el estado de Nuevo León.
El sermón pronunciado por fray Servando provocó que el arzobispo de México, Alonso Núñez de Haro, le despojase de su doctorado en Teología y lo inhabilitara para la enseñanza y la predicación. No teniendo bastante con esos castigos, lo excomulgó y lo condenó a diez años de reclusión en España como medida correctiva.
En 1795, fray Servando desembarcó en Cádiz y fue enviado al norte de España para ser recluido en el convento dominico de Las Caldas de Besaya.
La estancia de fray Servando en España es una de las epopeyas más fascinantes de la historia. La sucesión de situaciones que vivió parecía extraída de una novela de aventuras y no de la vida real. Las condenas, las prisiones, las fugas inverosímiles y el activismo político en busca de la independencia de México fueron relatados por el propio fray Servando en sus Memorias: la historia de un fraile mexicano desterrado en Europa, cuya prosa ágil y amena, a la vez que divertida, convierte su lectura en un placer.
Tras ser recluido en las celdas de castigo del santuario de Nuestra Señora de Las Caldas, logró escapar por primera vez. Aprovechando la relajación de la vigilancia, forzó los barrotes de su celda y saltó por la ventana en la oscuridad de la noche. Logró alejarse unos pocos kilómetros, pero un campesino de la zona lo delató. Tras ser capturado, fue trasladado a una prisión de mayor seguridad, ingresando en la primavera de 1796 en el convento de San Pablo de Burgos. En dicho establecimiento religioso, gracias a su extremada cultura y al trato educado que mostraba, se ganó la simpatía del prior. El propio prior fue quien lo recomendó a Gaspar Melchor de Jovellanos, ministro de Gracia y Justicia, quien le otorgó permiso para trasladarse a Madrid a apelar ante el Consejo de Indias para que fuese revisada su condena. Aunque gozaba de cierta libertad de movimiento, seguía estando bajo custodia eclesiástica; por ello, para que permaneciera más cerca de Madrid, fue trasladado a un convento de Salamanca mientras continuaba litigando en la Corte.

En el trayecto hacia la ciudad universitaria de Salamanca, aprovechó la oportunidad para desviarse de la ruta y darse a la fuga. Sin embargo, su intento de escape no duró mucho: tras ser capturado nuevamente, fue encarcelado en el convento de los franciscanos, también en la ciudad de Burgos. Fue allí donde protagonizó una nueva evasión. Escapó durante la noche descolgándose por los muros del recinto; durante el descenso y la huida a través de las murallas, se hirió de gravedad las manos. Al investigar su desaparición, hallaron sus huellas sangrientas sobre las paredes del convento. A pesar de las heridas y del despliegue de órdenes de captura por toda España, logró caminar hasta cruzar la frontera, instalándose en Francia en la primavera de 1801 para, posteriormente, trasladarse a Roma.
En la Ciudad Santa, el propósito de fray Servando era dejar de pertenecer a la orden dominica para convertirse en cura secular —lo que implicaba estar fuera del control directo de sus superiores— y, por otro lado, demostrar ante el Santo Padre que el proceso incoado en su contra en la Nueva España había sido arbitrario e ilegal.
Su estancia en Roma distó mucho de ser tranquila, al estar bajo el acecho constante de los diplomáticos de la Corona española, quienes exigían que fuera devuelto a España para cumplir su condena. Sufrió, además, severas penurias económicas, llegando a pasar, según confiesa en sus memorias, «hambres mortales».
Su insistencia ante la Santa Sede surtió efecto y logró que el papa Pío VII le concediera la secularización. Con los documentos papales conseguidos en el Vaticano y creyéndose fuera de peligro, regresó a Madrid tres años después de su fuga de Burgos. Sin embargo, las autoridades españolas, sin hacer caso a los papeles otorgados por el Papa, lo arrestaron en Madrid y lo condujeron a la prisión eclesiástica más severa de las que se hallaban en la península ibérica: la prisión de los Toribios, en Sevilla.
Nadie puede poner puertas al campo y, de allí, fray Servando logró evadirse en dos ocasiones. La primera ocurrió el 24 de junio de 1804, fecha en la que, aprovechando la noche de San Juan, logró torcer los barrotes de hierro de la reja de su celda. Una vez fuera, escapó del edificio y emprendió la huida a pie hasta Cádiz. Sin embargo, fue reconocido y denunciado por un fraile de su propia orden, lo que llevó a que fuera devuelto al presidio. Las fugas y las detenciones, como se aprecia, estaban a la orden del día en la vida del fraile.
Tras más de un año de nuevo encierro, en octubre de 1805 volvió a burlar la seguridad de la prisión utilizando un método similar a las veces anteriores para aflojar los barrotes, destreza en la que ya contaba con una demostrada habilidad. En esta ocasión logró llegar a Cádiz y de allí embarcar hacia Portugal, donde permanecería varios años refugiado.
Lo normal en este punto habría sido que la vida de fray Servando tomase un carácter más tranquilo, pero no tardaremos en descubrir que no fue así. En 1808, Napoleón invadió España y fray Servando regresó a tierras españolas. En lugar de ocultarse, se alistó en el ejército español como capellán y cura del batallón de Voluntarios de Valencia. Destacó por su valentía en la batalla de Belchite, infundiendo ánimo a las tropas. Sin embargo, los franceses lo hicieron prisionero e internaron en Zaragoza. Pocas semanas después de su encarcelamiento, como no podía ser de otra manera, burló a la guardia francesa y se escapó para reincorporarse de nuevo a las filas del ejército español.

Llegó a una Cádiz sitiada por el ejército francés. Allí asistió a las sesiones de las Cortes y entabló contacto con los diputados criollos y liberales hispanoamericanos. Aunque el Consejo de Regencia le reconoció sus servicios militares otorgándole una pensión, fray Servando, comprendiendo que las reformas liberales españolas no otorgarían autonomía real a las colonias americanas, siguió en su lucha por la libertad.
La estancia de Servando Teresa de Mier en España se prolongó intermitentemente durante más de quince años. Tres lustros cargados de aventuras que constituyen una parte fundamental en el estudio de la emancipación de México. Fray Servando convirtió el castigo del destierro en un viaje de aprendizaje político, lo que le llevó a convencer al general Francisco Javier Mina de unir sus esfuerzos por la independencia del territorio mexicano de la Nueva España y poner en marcha la famosa Expedición de Mina, financiada y apoyada por simpatizantes británicos y estadounidenses.
Fray Servando emprendió su retorno a América el 5 de mayo de 1816. No volvió a pisar España, aunque su habilidad para huir de los calabozos continuó: al realizar dos fugas más, una en La Habana en 1820 y otra, en 1823, del convento de Santo Domingo en la Ciudad de México.
Volví a mirar la imagen de la milagrosa Virgen de Guadalupe cubierta por su ayate de magüey, me despedí y salí a la rambla de Cataluña. El calor seguía siendo sofocante.
® Fernando Gómez


