Locura, mirar demasiado y demasiado lejos

Vivo al borde; a veces me asusta; escucho el viento y el caos que arrasan con todo. Una línea muy delgada, casi invisible, permea la sinrazón como terca gota en el mismo punto de mi cabeza, donde el dolor no se siente, pero el tiempo enloquece.

La locura abarca, no refuta; vive en la misma estructura que la lente de mi mente; una forma de verdad más intensa que la cordura.

Dicen que es sabiduría, o quizá, revelación, porque ve demasiado profundamente la verdad; es la ruptura entre brío y significado, cuando la realidad perdió, ya, el territorio.

Entre culpa y manía, elijo la locura que bordea el absurdo existencial del mundo racional. Es la sensibilidad extrema e incomprendida que te devora sin voz y sin aliento, y te lleva al abismo. Es la sinrazón que forma una verdad más aguda que la conciencia.

La locura no es el límite de la razón, es la respuesta. Es la esfera más preciada y más recóndita que calla escrúpulos. La línea que nadie ve, pero que todos cruzan.

La locura no se puede entender ni tampoco domesticar. Se ubica en el lugar más adictivo: en el instante en que la realidad se quita el disfraz y habla otro idioma; en el momento preciso en el que deja de obedecer expectativas para volverse pensamientos que no se dejan ordenar.

La locura no da miedo porque nace de mirar demasiado y demasiado lejos; de sostener la mirada donde otros la retiran; de abrazar las llamas que dejan sólo cenizas. Es exceso: exceso de lucidez, exceso de conciencia. Porque quien ve más, también carga más: es cuando el concepto se vuelve carne.

Dicen que es castigo, iluminación o rebeldía; pero a la locura no la puedes denigrar a fosforescencia sólo cambiándole el nombre. Porque la locura no siempre grita. A veces susurra… porque vivir, también, es una forma de delirio.

alefonse@hotmail.com

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Alejandra Fonseca
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