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La tía Carmela tenía ¿80, 90, cien años?

Nunca supe su edad, pero para mi madre y mis hermanos era “la tía viejita”, hermana de mi fallecido abuelo Lino. Cocinaba arroz rojo, costillas con verdolagas y una enorme variedad de guisados tradicionales del campo poblano.

También cultivaba tomates, alimentaba a los totoles y usaba rebozo de bolita. Previo a los cumpleaños de mi abuela, de mi madre, de mis cinco tíos o mis dos tías, le tocaba matar el guajolote, juntar y prender la leña, poner la enorme olla de barro sobre las brasas, machacar los ingredientes en el metate y hacer el mole. Vivía con su hermano Domingo en la casa de mi abuela y cuando los visitaba siempre me ofrecía un melocotón, una pera o una manzana de la huerta.

Era una figura muy discreta, una especie de fantasma evanescente que recorría la vieja casa y se mimetizaba con ella. Nunca nos dimos un abrazo o un beso, nunca tuve una charla extensa con ella y, sin embargo, sé que nos quería. Fue triste verla postrada en el crepúsculo de su vida. Mi tía Maru, la más pequeña de los hermanos de mi madre, se hizo cargo de cuidarla en el lecho.

Yo no la hubiera visto de no ser porque mi mamá y mis hermanos nos quedamos sin casa por no poder pagar la renta. Nos mudarnos a la habitación de mi abuela, la más grande, y para llegar a ella, debíamos caminar por un pasillo largo, como de hotel, flanqueado por las puertas de los cuartos de mis tíos. La primera habitación, junto al baño, era de la tía viejita y cada noche, veía la misma escena, mi tía Maru tomándola de la mano y susurrándole historias. Fue una época difícil, yo buscando trabajo, mi madre y hermanos sufriendo porque estábamos de “arrimados”. El asunto es que un día atendí a un anuncio en el periódico: Cigarrera La Moderna buscaba vendedores y fui elegido; pero debía presentarme a un curso en la ciudad de México.

Por la noche estaba nervioso y aunque había podido conciliar el sueño, una brusca ráfaga de viento y el sonido de la cerradura de la puerta de la habitación me despertaron. Entre sueños, vi una sombra recorrer la habitación y detenerse a mi lado.

Con cierto escalofrío le dije “No es a mí quien buscas”, y me volví a dormir. A las 5 de la mañana me levanté, me vestí de traje y me dispuse a salir a la terminal de autobuses. Al pasar frente al cuarto de la tía Carmela, pregunté a mi otra tía cómo estaba. “Murió hace un par de horas”, respondió.

Tomé el curso breve en la ciudad de México y regresé a Puebla por la noche. Al llegar a la habitación donde vivíamos encontré sobre el sillón que me servía de cama un melocotón y una pera.

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