Desde hace semanas ingreso a Facebook (FB) y lo que me devuelve la pantalla no son fotos de perros (a los que amo y el algoritmo me los avienta), ni memes absurdos, ni gente fingiendo belleza y felicidad: son esquelas. Una tras otra, en total: muchas. Demasiadas. Como si la muerte hubiera decidido actualizar su estado con urgencia y avisarnos por internet.
Tiene años que no voy a un funeral. Desde niña entendí algo que a muchos les cuesta aceptar: en ese cajón ya no está la persona, no hay que buscarla: ya no hay vida, está sólo la materia que lo envolvió y se está empezado a descomponer: ojos que ya no miran, oídos que ya no escuchan y cuerpo que ya no siente. En suma: ya no es persona y ya no es vida. El alma, -si nombran así a lo fenomenológico de la vida- ya se largó. Y si no creen, peor: lo que queda es silencio deliberado y persistente: mutismo biológico y etéreo.
Quiero entender por qué la gente se asoma.
¿Curiosidad?
¿Morbo?
¿Necesidad de ver y comprobar que sí, que sí está muerta esa persona que conocí en vida?
Me desconcierta ese ritual social donde las personas usan sus mejores prendas negras para la ocasión, y para mucho tiempo después, los más allegados. Hemos hecho de la muerte una pasarela. Y en el velorio se escucha la crítica muda o en susurros: quién lloró, quién no, quién llegó, quién faltó o qué hicieron mientras estuvieron. El café malo, siempre infame, siempre aguado, es servido como un castigo colectivo. Y esa frase de utilería que todos los asistentes repiten para los dolientes y para ellos mismos, porque no encuentran otras palabras que mejor exprese algún tipo de comprensión de lo incomprensible: “Lo siento, ya está en un lugar mejor”.
No me jodan.
Aquí y ahora es el lugar donde la vida se recrea, donde se reproduce y se solaza.
Aquí es donde se respira, donde se duele, donde se ama, donde se miente y se ríe.
Pero claro, eso sólo lo entienden, o no, quienes han perdido a un ser amado que ya no está.
¿Por qué hemos hecho el acompañar a los difuntos un espectáculo? ¿Por qué un evento de la comunidad se ha convertido en uno social de tal superficialidad? La muerte de otros no deja de ser un recordatorio brutal para nosotros mismos: “Para allá vamos todos”. Y es, a la vez, una cachetada sin anestesia: un aviso mudo que hiere: “Esto se acaba”.
Así que deja de vivir como si fueras eterno y empieza a vivir como si fueras honesto contigo mismo, que es lo único que importa cuando te retiras de la vida y te afrontas de ti, para contigo.
Siempre he visto la muerte como eso: un recordatorio de esta vida.
No del cielo, no del “más allá”, no del consuelo barato.
¡De esta vida!
La única que sabemos que existe.
Así que hagamos algo útil con ese miedo que todos podemos llegar a sentir ante la muerte:
Vivamos intensamente.
Adoptemos un perro que nos enseñe a que el amor es incondicional, es aquí y ahora, y es “pase lo que pase”. No mañana. No “luego”.
Y hay que reírnos de nuestras pendejadas.
En un “Amén” (con mayúscula y sin cálculo).
Hay que darle valor a lo que realmente lo tiene: lo que perdura.
Y no andemos chingando a otros por deporte.
Y si hemos de dejar algo a nuestros seres queridos: que no sea una esquela bien diseñada ni un café horrible.
Dejen un pedacito de legado a quienes aman y a quienes los aman, perr@s incluidos.
Eso —y sólo eso— es lo que sobrevive.
Amén.
alefonse@hotmail.com


