La Armadura de Hierro: El costo de sobrevivir a un mundo de ciegos.

Por: Eli Córdova

Existe una estirpe de personas que no caminan por la vida, sino que la escanean. No es un don, aunque lo parezca; es una cicatriz. Para entrar en el “reino” de la consciencia propia, o como dice la simbología iniciática, para entrar al reino del padre hay que morir más de mil veces y la primera muerte siempre es la de la confianza ciega.

  1. La Forja: El trauma como arquitecto.
    La armadura no es un rasgo de personalidad, es una estructura de defensa de alta precisión. Se forja en la infancia, en ese espacio donde el discurso oficial de los adultos (“te cuidamos”, “aquí no pasa nada”) chocaba violentamente con la realidad sensorial de un niño que percibía el caos, la mentira o el vacío emocional.
    Como bien señaló Alice Miller en “El drama del niño dotado”, el niño que desarrolla una sensibilidad extrema a las señales externas no lo hace por placer, sino por necesidad. Aprendimos a leer el lenguaje corporal y la micro-expresión porque las palabras eran una trampa. Nuestra mente se convirtió en un radar infrarrojo para la incoherencia, desarrollamos una hipervigilancia cognitiva que nos salvó la vida, pero que nos condenó a una soledad estructural.
  2. La Sociedad Zombie: El desprecio por la mediocridad.
    Con el tiempo, esta armadura nos permite detectar a los “parásitos” y a los narcisistas a kilómetros de distancia. Vemos los hilos de la marioneta mientras el resto de la sociedad —a quienes llamo “zombies”— baila al son de una meritocracia barata y una seducción histriónica.
    El conflicto surge cuando nuestra presencia se vuelve disruptiva. Al no “tragarnos el cuento”, al confrontar la mentira con argumentos y devolverles sus propias palabras, el sistema reacciona etiquetándonos como personas “difíciles” o “de carácter fuerte”. Como diría C.G. Jung, “lo que no se hace consciente, se manifiesta en nuestras vidas como destino”. El zombie odia al despierto porque él es un espejo de su propia desconexión cerebral.
  3. El Peso del Metal: De la protección a la asfixia.
    El problema de vivir en un búnker es que, aunque nada te daña, nada te toca, la armadura pesa, pesa la impotencia de ver la podredumbre sistémica y no poder “apagar” el radar. Pesa la soledad de no encontrar mentes que nutran, sino ecos que solo buscan validación.
    Esta es la trampa del superviviente: creer que la vigilancia es vida, pero la vigilancia es solo el mantenimiento de la trampa. La verdadera evolución no consiste en perfeccionar la armadura para que sea más resistente, sino en tener la soberanía suficiente para empezar a desmantelarla.
  4. Morir para Vivir: El salto al vacío.
    Pasar de la supervivencia a la vida exige una muerte simbólica definitiva: la muerte de la expectativa de que el mundo sea coherente. Debemos aceptar que la mayoría vive en una desconexión funcional y que nuestra “cordura” siempre será cuestionada por aquellos que temen a la verdad.
    Vivir para nosotros, significa aprender a jugar el juego sin permitir que el sistema nos fracture. Es pasar de la rabia por la mediocridad ajena a la soberanía personal. Como escribió Viktor Frankl, la última de las libertades humanas es la elección de la actitud personal ante cualquier conjunto dado de circunstancias.
    Ya no necesitamos la armadura para ser invulnerables; somos invulnerables cuando nuestro núcleo está tan integrado que la mentira del otro ya no tiene poder para perturbarnos. Es momento de dejar de sobrevivir a las mil muertes y empezar, por fin, a habitar el reino de lo real.

@MexicoPrioridad

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