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Algunos hombres se ven obligados a aferrar el relámpago con las manos desnudas
Friedrich Hölderlin

Recapitulando lo expuesto en los artículos de esta serie:

  1. En un poco más de 100 años, México ha tenido tres puntos de quiebre. Si por sistema entendemos el conjunto “de instituciones, de grupos y de procesos políticos caracterizados por un cierto grado de interdependencia recíproca”, la Revolución mexicana engendró el suyo, que le permitió estabilidad, la transmisión del poder sin violencia y una fachada de legitimidad. Sin trastornos significativos, permitió un segundo quiebre para transitar hacia la democracia que no se consolidó, dando paso a un tercer quiebre, autodenominado “cuarta transformación”, un producto nihilista que está desmantelando al Estado, sin asideros ideológicos y retomando el método de “el tapado” en su versión más primitiva y sin el ritual del pasado.
  2. Como consecuencia natural de ese proceso se conformó una clase política que, aun cuando aleguen que son diferentes, tenemos un grave déficit de vocación democrática y de elemental conciencia de la legalidad para respetar la ley, lo cual ha permeado a la sociedad en su conjunto.
  3. Rousseau hablaba de religión cívica. Kelsen señalaba que “El poder político es la eficacia de un ordenamiento coactivo denominado derecho”. Recasens Sichs afirmó que “la seguridad es el valor fundante y la justicia el valor fundado. En términos más accesibles, “no puede haber una situación de justicia sin que exista una situación de seguridad”. Se habla mucho de propuestas, proyectos, planes, sin embargo, debemos iniciar por nuestra Constitución que, desafortunadamente, en muchos aspectos es más proclama que norma jurídica. En tanto no se reforme, ¿podemos cumplirla y hacerla cumplir? A nuestro derecho le falta una buena dosis de positivismo, requiere ser desideologizado, le sobra metafísica y le falta realismo.
  4. Hay principalmente dos clases de oposición, la denominada leal, que participa en procesos electorales, propone cambios paulatinos apegados al orden jurídico, y la antisistema que siempre quiere subvertir el orden y alcanzar el poder sin detenerse en reflexiones éticas. Desde el gobierno hay un partido imbricado con la administración pública para perpetuarse en el poder. En esa circunstancia, la elección de 2024 amenaza con ser el escenario de una “democracia salvaje” de la cual no pueden emanar autoridades legítimas para enfrentar el enorme desafío de gobernar en las condiciones más adversas de la que se tenga memoria.
  5. No se trata de ganar por ganar ni con quien sea. El “cualquierismo” ha demostrado sus falencias reiteradas o, peor aún, sus degeneraciones en autoritarismos y dictaduras. Desde luego que la prioridad es contener lo que vemos como peligro y reconstituir un Estado que se autoconstriña en su desempeño a los estrictos cauces de la ley, lo cual nos debe conducir a alianzas, pero en torno a candidatos que tengan el perfil que los cargos requieren y los antecedentes que den garantías mínimas de buen desempeño.
  6. La función más necesaria del Poder Legislativo no es hacer leyes, sino controlar el poder, mejorar la política, ser centro de orientación mediante la única forma que existe: la capacidad para deliberar. Cuantitativamente su conformación plural ha evitado males. Sin embargo, urge mejorarlo cualitativamente. Ahí debe concentrarse la gran tarea hacia 2024.
  7. En las condiciones en que nos encontramos, lo más factible es que los eventos políticos cada vez se compliquen más. Hablamos de cambio de sistema o de régimen. Ninguna transición ha sido exitosa sin buenas asambleas parlamentarias. El gran dilema del siglo XXI es entre democracia o autocracia. No constituye ninguna novedad, ha sido un desafío político reiterado y la solución ha estado en la condición humana. Siempre ha habido hombres y mujeres que asumen deberes. La otra opción la definía Shakespeare con claridad: “Quédense sentados y vayan imaginando cosas reales donde hay caricaturas”.

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