EL ARTE DE SER MARABARISRA

Cuando Bryan Dyson dejó la presidencia de The Coca-Cola Company, compartió una reflexión que debería enseñarse en toda escuela de negocios antes que muchas clases de finanzas. Dijo: “Imagina la vida como un juego en el que malabareas cinco pelotas en el aire: trabajo, familia, salud, amigos y vida espiritual.” Luego lanzó una advertencia tan simple como devastadora: “El trabajo es una pelota de goma. Si la dejas caer, rebota. Pero las demás son de cristal. Si una de ellas cae, jamás volverá a ser igual.”

Pocas metáforas explican mejor la tragedia del liderazgo contemporáneo.

Vivimos en una época que convirtió el trabajo en altar, la productividad en religión y el rendimiento en criterio de valor humano. Una época donde muchos hombres aprenden a conquistar mercados antes que a conquistarse a sí mismos. Una época que ha confundido el éxito con la autodestrucción.

Basta mirar alrededor para comprobarlo: líderes agotados, matrimonios fracturados, hijos emocionalmente huérfanos con padres vivos, ejecutivos con ansiedad medicada, empresarios con cuentas abundantes y espíritu en bancarrota. Hemos construido una cultura que premia al hombre ocupado aunque esté vacío, que admira al hiperproductivo aunque esté roto, que celebra al exitoso aunque su vida privada sea un campo de ruinas.

En En el umbral de las puertas del infierno sostuve que el infierno no es solamente un lugar al que se llega después de morir; muchas veces es una condición existencial que comenzamos a construir aquí, en vida, decisión tras decisión. El infierno empieza cuando el hombre sacrifica lo esencial por lo accesorio. Cuando cambia sentido por dinero, presencia por prestigio, virtud por validación, trascendencia por apariencia.

El infierno moderno no huele a azufre; huele a oficina vacía a las once de la noche, a matrimonio roto en una casa de lujo, a hijos que crecieron sin padre mientras su padre les daba todo”, a líderes que sonríen en las portadas mientras se desmoronan por dentro.

Desde la filosofía de LIVH, esta tragedia nace de una fractura antropológica: hemos hipertrofiado el hacer y abandonado el ser.

Como hemos venido diciendo, toda persona necesita integrar dos dimensiones fundamentales de su desarrollo. La Ley de Madre forma el ser: identidad, pertenencia, afectividad, interioridad y sentido. La Ley de Padre estructura el hacer: disciplina, dirección, orden, conquista y responsabilidad. Una cultura sana armoniza ambas. La nuestra no. Nuestra época ha formado líderes extraordinariamente preparados para producir, pero profundamente incapaces de habitarse.

  • Sabemos ejecutar, pero no contemplar.
  • Sabemos competir, pero no descansar.
  • Sabemos producir riqueza, pero no construir paz.
  • Sabemos conquistar el mundo, pero no gobernar el alma.

Como enseñaba Aristoteles, la excelencia humana no consiste en la mera eficiencia técnica, sino en la ordenación virtuosa del alma. Sin virtud, el talento se vuelve peligroso. Sin autogobierno, el poder se vuelve destructivo. No basta con formar líderes capaces; hay que formar líderes buenos. Porque un hombre técnicamente brillante y moralmente desordenado no es un activo para la sociedad: es un riesgo sistémico.

El filósofo Byung-Chul Han lo diagnosticó con precisión: hemos pasado de la sociedad disciplinaria a la sociedad del rendimiento. Ya no hace falta un amo que nos explote; nos explotamos solos. El sujeto contemporáneo se autoimpone metas cada vez más altas de productividad, validación y reconocimiento, creyendo que eso es libertad. Pero no es libertad: es esclavitud voluntaria.

Hoy el cansancio se ha convertido en símbolo de estatus. Dormir poco se interpreta como disciplina. No desconectarse jamás se considera compromiso. Vivir exhausto se confunde con grandeza.

Hemos romantizado el burnout y transformado la incapacidad de descansar en insignia de honor. Pero una vida agotada no es una vida virtuosa; es una vida desordenada.

Como advertía Erich Fromm, la cultura contemporánea desplazó la lógica del ser por la lógica del tener. Ya no preguntamos “¿quién eres?”, sino “¿qué has logrado?”, “¿cuánto produces?”, “¿cuánto facturas?”, “¿qué patrimonio tienes?”. Así, el liderazgo se redujo a una caricatura aspiracional: el ejecutivo que nunca duerme, el empresario que siempre está ocupado, el hombre de portada con reloj de lujo y mirada severa.

Pero detrás de muchas de esas imágenes hay vacío ontológico.

Porque como enseñó Tomas de Aquino, ningún bien inferior puede satisfacer un deseo orientado hacia bienes superiores. El dinero no puede llenar vacíos espirituales. El poder no puede sanar heridas emocionales. El prestigio no puede sustituir identidad. El éxito no puede otorgar sentido.

Por eso muchos liderazgos contemporáneos no son expresión de plenitud, sino de compensación.

Como explicó Viktor Frankl, cuando el hombre pierde el sentido, compensa su vacío con voluntad de poder, placer o posesión. Muchos líderes no trabajan solamente por vocación; trabajan para anestesiar inseguridades, heridas no resueltas, necesidad de validación o terror al silencio interior. Hay hombres que no pueden dejar de trabajar no porque amen lo que hacen, sino porque si se detienen tendrían que enfrentarse a sí mismos.

La tragedia es que esta patología ya no afecta sólo al individuo; afecta también a la empresa.

Durante décadas se enseñó que la finalidad de la organización era maximizar utilidades. Hoy esa visión no es ética y estratégicamente insuficiente. La empresa moderna administra no sólo capital financiero, sino también capital humano, social y moral. Tiene, por tanto, una hipoteca social y ambiental.

Y en el centro de esa responsabilidad están las personas.

  • No como recursos.
  • No como headcount.
  • No como talento intercambiable.
  • Sino como seres humanos con dignidad intrínseca.

Por ello, el liderazgo empresarial ya no puede reducirse a EBITDA y rentabilidad. Debe incorporar bienestar integral, sostenibilidad humana, cultura organizacional, salud psicosocial y ética del cuidado.

La existencia de la Norma Oficial Mexicana NOM-035-STPS-2018 es apenas la formalización jurídica de una verdad moral más profunda: es inmoral construir rentabilidad destruyendo psicológica, emocional o espiritualmente a quienes sostienen una organización.

Una empresa que gana dinero mientras enferma a su gente no es una gran empresa. Es simplemente una empresa rentable.

En la Divina Comedia, Dante Alighieri no sale del infierno solo: necesita a Virgilio. Porque nadie sale del caos interior sin guía. Nadie asciende sin orden. Nadie puede liderar verdaderamente a otros si antes no ha aprendido a gobernarse a sí mismo.

El verdadero liderazgo comienza en el autogobierno.

El líder auténtico no es quién domina más personas.Es quien domina primero su ego antes que su organigrama, su carácter antes que su estrategia, su interior antes que su entorno.

Todo lo demás es poder sin virtud.

Y el poder sin virtud siempre termina en destrucción.

Bryan Dyson cerró su reflexión con una frase que debería perseguir a todo líder cada mañana:

Antes de morir… vive.

  • No te conviertas en el hombre que conquistó el mercado pero perdió a su familia.
  • Que acumuló riqueza pero perdió la paz.
  • Que obtuvo prestigio pero perdió el alma.
  • Que construyó un imperio mientras habitaba un infierno interior.

Porque no vale la pena ser el más rico del panteón.

La gran pregunta del liderazgo no es cuánto produces, ni cuánto acumulas, ni cuánto poder ejerces.

La gran pregunta es otra:

¿En qué te estás convirtiendo mientras logras todo eso?

Porque al final de la vida, la verdadera medida de un líder no será su patrimonio, ni su cargo, ni su influencia.

Será esta:

¿Pudiste sostener las pelotas de cristal sin romperte por dentro en el intento?

Porque el verdadero líder no es quien conquista el mundo. Es quien logra conquistar el mundo exterior sin perder el gobierno de su mundo interior.

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Diego Cardoso
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