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El lopezobradorismo no es ni gobierno ni es un partido ni es una ideología
Jesús Silva-Herzog Márquez

Borges se preguntaba por el significado de lo esencial. Lo relaciono con lo trascendente, lo que tarde o temprano aflora. Un tema me ha afligido siempre: ¿qué sucede cuando se nos asignan responsabilidades políticas? ¿Mostramos lo que siempre hemos sido? ¿Nos extraviamos careciendo de sentido común? ¿Cuál es la esencia del hombre cuando tiene poder, imponer su voluntad sin ponderar las consecuencias o servir a su pueblo de forma sencilla y eficaz?

No recuerdo a ningún presidente con la omnipresencia de López Obrador. No es más dañino, pero sí más invasor que una pandemia. Todo el tiempo y hasta el último rincón del país, la pregunta es recurrente, ¿a qué nos atenemos con este gobernante? Es un elemento disruptor que altera, complica, trastorna el ambiente social. En todas sus declaraciones se obstina en reafirmar su poder que, para su creciente frustración, cada vez está más mermado.

He ido dejando la presunción de otorgarle el beneficio de la duda, de que actúa de buena voluntad. El diagnóstico en cada una de las políticas públicas es inapelable: incompetencia. El 90% de honestidad perdió credibilidad y el 10% de capacidad fue una sobre estimación en el criterio para la designación de los integrantes de su gabinete.

Habló de separar los poderes económicos y políticos. Jamás creí que llegara al desencuentro y al enfrentamiento, atropellando el Estado de derecho. Como buen populista, sus decisiones parten de un enunciado demagógico: “el gasto no cuenta”. Los números no son lo suyo. La astringencia presupuestal ya es angustiante, provocando estallidos sociales. Los servicios básicos cada vez son más deficientes.

La antipolítica y la politiquería se expanden. Tienen un buen detonador: un liderazgo impredecible.

Los mexicanos tenemos que aceptar los hechos: no esperemos soluciones del Ejecutivo federal. El desafío es contener sus desvaríos. En la antigua Grecia se decía que la tragedia tiene tres partes: hybris (arrogancia), ate (idiotez) y némesis (destrucción). Evitemos cuando menos el desenlace final.

Buena parte de los mexicanos siguen acariciando la ilusión de un hombre fuerte, enérgico que les diga qué hacer, cómo comportarse. Como si nunca hubiéramos sido engañados, continuamos con nuestro ancestral masoquismo.

Me encanta el pensamiento de Goethe: “¿Quiénes saben quién eres? Intenta cumplir tu deber”. No conozco soluciones integrales, ni de índole global, ni siquiera de dimensión nacional. La lucha debe darse de la periferia al centro. Dejemos de esperar la consigna, la línea, la señal. Evitemos los encasillamientos ideológicos.

Lo inmediato y obvio es proteger las instituciones, la división de poderes, los ámbitos de competencia. Repasemos la historia, no para hurgar heridas, sino para darle continuidad a lo que funciona. Cuidado con los extremistas, son una trampa cuando las pasiones se exacerban. Cultivemos una percepción mesurada, objetiva y coherente. La ciudadanía requiere un persistente empeño de pedagogía política.

La oposición ha tenido malas relaciones públicas. De manera injusta, desde su origen se le ha visto con conmiseración, se le ha subestimado y despreciado. Hay que ver lo que conlleva trabajar enfrentando al poder, lo digo por experiencia. Me ha tocado invitar a ciudadanos a que asuman deberes, percibiendo en ellos solvencia de toda índole y recibir el rechazo. Pero eso sí, critican a quienes hacemos política que, desde mi personal apreciación, enaltece y dignifica como toda profesión practicada con ética. El abstencionismo hoy es el más grave pecado social.

La historia es un enlace de generaciones. Que no se señale a la nuestra como timorata y sumisa. Sí, son tiempos de definiciones. La más importante y prioritaria: probar que López Obrador, para todos los efectos a que haya lugar, es prescindible.

Por: Juan José Rodríguez Prats

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