Opiniones, vacíos y dogmas: ¿Desde dónde conversamos y cómo tratamos al otro?

En el vasto mapa de la conversación actual —en redes sociales, en foros o en charlas cotidianas— es común encontrarnos con diferentes formas de debatir y compartir ideas. Sin embargo, a veces metemos todo en el mismo saco, cuando en realidad es muy sano aprender a distinguir entre una simple opinión, los vacíos de la desinformación y las posturas dogmáticas que buscan lastimar.
Poder separar estos planos nos ayuda a entender no solo la calidad de lo que se dice, sino la calidad humana de cómo se dice.

  1. El valor y el límite de la opinión personal
    Por supuesto que se vale dar una opinión personal. Todos tenemos derecho a mirar el mundo desde nuestra trinchera, a compartir nuestra vivencia y a decir: “Yo lo percibo de esta manera”.
    El problema no es opinar, sino perder de vista la naturaleza de lo que expresamos. Una opinión personal es justamente eso: una perspectiva subjetiva. Se vuelve sana y enriquecedora cuando se enuncia con la conciencia de que es solo nuestra mirada, un punto de vista entre muchos, y no una verdad absoluta que le podemos dictar a los demás.
  2. El riesgo intelectual: Hablar sin fundamento
    Por otro lado, cuando nos adentramos en conceptos, temas complejos o análisis que requieren rigor, encontramos un peligro distinto: opinar o asegurar cosas sin una base sólida que los sustente.
    Aquí el tema no es necesariamente la mala intención, sino la ligereza intelectual. Cuando se carece de un método, de un contexto o de un fundamento, es muy fácil caer en la desinformación. Se habla con mucha seguridad de algo que no se conoce a fondo, y esa falta de suelo firme puede confundir a quienes leen o escuchan, propagando ideas frágiles que se disfrazan de certezas.
  3. El dogmatismo y la agresión: Cuando se busca humillar
    Finalmente, existe un tercer escenario, mucho más delicado, que ocurre cuando una postura se vuelve totalmente dogmática y rígida. Es el terreno del blanco y negro, donde no se tolera la equivocación ni la diferencia.
    Aquellos que adoptan estas posturas totalitarias suelen hacer exactamente lo contrario de construir: en lugar de corregir con respeto, tender la mano o compartir lo que saben, utilizan la información como un arma. Buscan exponer la ignorancia del otro, burlarse de quien no conoce un tema y aplastar con agresividad para demostrar que tienen la razón.
    Aquí ya no estamos hablando de un problema puramente intelectual, sino de un asunto de ego y valores. El conocimiento describe tu nivel de instrucción, pero la agresividad y la burla hacia el que no sabe miden tu calidad humana y tu falta de empatía.
    Hacia un diálogo más consciente
    Diferenciar estos espacios nos permite respirar en medio del ruido digital. Nos invita a ser más responsables con lo que decimos, más cuidadosos cuando compartimos un punto de vista, y sobre todo, más humanos en el trato.
    Porque se puede opinar con libertad, se puede buscar el rigor intelectual para evitar desinformar, y sobre todo, se puede tener conocimiento sin perder la nobleza, la ética y el respeto por el otro. Al final, el saber debería servir para acercarnos, no para menospreciar a quien apenas va caminando.

Terapeuta Eli Córdova.
México prioridad.

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Eli Córdova
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