MEXICANOS ILUSTRES – Tras sus pasos por España:

Diego Rivera, en busca de la excelencia.

Un joven guanajuatense de veinte años llegó a España en febrero de 1907. El Gobierno de Veracruz le había otorgado una beca para que pudiera viajar a Europa, perfeccionar su técnica y estudiar de primera mano las obras de los grandes maestros europeos. A pesar de su juventud, ese muchacho alto y corpulento ya poseía un gran dominio técnico de la pintura, adquirido durante los siete años de aprendizaje en la Academia de San Carlos de la Ciudad de México. Como agradecimiento por el apoyo económico, el joven pintor se comprometió a enviar periódicamente al Gobierno de Veracruz parte de la obra que produjera durante su estancia en Europa. Ese joven era Diego Rivera.

            En Madrid, se hospedó en el desaparecido Hotel de Rusia, en pleno corazón de la ciudad (Carrera de San Jerónimo, 32), a escasos metros de donde en la actualidad se halla enclavada la Embajada de México. Si a día de hoy recorremos esa calle que une la Puerta del Sol con la Plaza de las Cortes, no podremos ver el hotel donde se alojó Diego Rivera; en su lugar, se encuentran una serie de pensiones y una placa en la fachada que no nos recuerda al pintor mexicano, sino que nos informa que en ese edificio se produjo la primera exhibición del cinematógrafo para los españoles, el día de San Isidro de 1896.

            Alojado en Madrid, Diego Rivera, con una carta de recomendación del pintor y escritor tapatío Gerardo Murillo —más conocido por su seudónimo, Doctor Atl—, se presentó en el taller del afamado retratista español Eduardo Chicharro. La etapa que Rivera vivió en España bajo el tutelaje de este maestro resultó decisiva para alcanzar la excelencia técnica.

            Desde el primer día, siguiendo las indicaciones de su mentor, las visitas de Rivera al Museo del Prado fueron continuas. Esto le permitió ponerse en contacto con obras de sus admirados El Greco, Velázquez y Goya, de cuya contemplación adquirió valiosas lecciones que le ayudaron a forjar el estilo que, con posterioridad, desarrollaría en su madurez.

            La estancia en Madrid también le sirvió para sumergirse en el mundo bohemio de las vanguardias literarias. Los cafés de la capital española eran el epicentro cultural; el Café de Pombo, el Nuevo Café de Levante y el Gran Café Gijón eran algunos de los más renombrados. A principios del siglo XX, en esos establecimientos con olor a tabaco, aguardiente y café, convivían intelectuales de diversas disciplinas. Artistas, escritores y pintores conformaban la vida cultural madrileña. En las tertulias, sentado alrededor de veladores de mármol, Rivera coincidió y trató a intelectuales ilustres como Valle-Inclán, Gómez de la Serna, Baroja o Zuloaga. Fue el primero de ellos, Ramón María del Valle-Inclán, quien le sugirió que se alejara de la pintura realista y descriptiva que hasta entonces realizaba, y se adentrara en otros estilos que le abrieran nuevas puertas.

            La relación que mantuvo con su maestro, Eduardo Chicharro, fue extraordinaria, hecho que queda demostrado por la frecuencia con la que viajaron juntos. En la primavera de ese primer año de estancia en España, asistieron a la Exposición Universal de Arte de Barcelona para después acercarse al municipio vizcaíno de Lekeitio. En esa localidad norteña se vio inmerso en un febril proceso de aprendizaje, y fue Chicharro quien le instó a que pintara directamente del natural para, de esa manera, plasmar mejor la realidad de cuanto le rodeaba. Influenciado, a su vez, por el reconocido pintor Ignacio Zuloaga, retrató el puerto, sus embarcaciones, las casas y la basílica de la Asunción. Se han identificado al menos ocho piezas realizadas en diversos rincones de esa población. Cada seis meses enviaba al gobernador de Veracruz un cuadro como contraprestación por su beca. El único cuadro de aquella visita al municipio costero que se conserva actualmente en una institución pública —la casa-museo del pintor en Guanajuato— es el que representa el templo del pueblo, titulado «Iglesia de Lekeitio».

            En 1909, tras dos años de estancia en Madrid, decidió trasladarse a París para conocer los secretos de la pintura cubista, por la que empezaba a interesarse. Instalado en la capital francesa, se estableció en el barrio de Montparnasse, donde convivió con figuras clave del arte moderno como Picasso, Modigliani, Braque, Mondrian o Chagall. De ellos absorbió tendencias que iban desde el postimpresionismo hasta el cubismo, estilo que tanto le marcaría.

            Es en esos primeros años en París donde contrae matrimonio con la pintora rusa Angelina Beloff. La pareja realizó esporádicos viajes a Toledo entre 1912 y 1913, manteniendo la residencia en París. El propósito central de esas visitas a la «Ciudad Imperial» era estudiar de primera mano la obra de El Greco, quien le sirve de inspiración en la manera con que trata la luz y en el dramatismo que confiere a los paisajes toledanos. Durante sus visitas, la pareja se hospedó en el número 7 de la estrecha y cautivadora calle del Ángel. Esa ubicación le permitía estar cerca de lugares clave como la iglesia de Santo Tomé, donde se encuentra expuesto El entierro del Conde de Orgaz. Esa obra le cautivó sobremanera y fue objeto de estudio constante. En dichos viajes se atrevió a realizar, con gran acierto, sus primeras obras cubistas. En ellas, Rivera interpretó la ciudad a través de una mirada moderna y con claros visos revolucionarios. En obras pintadas en esos viajes, como Paisaje de Toledo o Vista de Toledo, intentó una descomposición cubista, no tan radical como la que realizaban sus compañeros de Montparnasse. Aplicó en sus cuadros dedicados a Toledo un orden y una claridad en la perspectiva que dan muestra de su madurez pictórica. El paso del realismo al cubismo era cada vez más presente.

            El inicio de la Primera Guerra Mundial, en 1914, lo sorprendió fuera de París, al encontrarse de viaje por Mallorca. El estallido de la Gran Guerra lo obligó a abandonar los planes de regresar a Francia. A diferencia de este país, España se mantuvo neutral, convirtiéndose en un refugio seguro para intelectuales. De nuevo, se asentó en Madrid, donde se integró rápidamente en el círculo de la vanguardia artística española. Fue clave la relación mantenida con el escritor Ramón Gómez de la Serna, gran promotor del arte moderno.

            Desde el inicio de la guerra, mostró un apoyo apasionado a Francia e intentó alistarse en su ejército en varias ocasiones, aunque hay que señalar que sin éxito. La historiografía señala que fue rechazado debido a sus problemas físicos, como los pies planos, y a su elevado peso corporal, que llegó a alcanzar los 136 kilos en la década de 1930.

            En esta segunda estancia en la capital de España, tuvo contactos con figuras mexicanas de primer nivel, como el arquitecto Jesús Acevedo y, sobre todo, el escritor Alfonso Reyes, con quien entabló una estrecha amistad.

            Rivera se volcó en el cubismo, experimentando de esa forma con el movimiento y el espacio. En ese estilo, que dominaba a la perfección, mezclaba la abstracción con elementos cercanos y reconocibles, sin dejar aparte el simbolismo, lo que destacaba su originalidad, junto a la incorporación de una iconografía precolombina que le serviría años después para la concepción de sus impresionantes murales, ejecutados en su productivo periodo mexicano. Tres piezas cubistas producidas en Madrid en 1915 merecen ser resaltadas: El arquitecto, El rastro y Retrato de Ramón Gómez de la Serna.

Ese mismo año, 1915, Rivera participó en la exposición de «Artistas Íntegros», un evento promovido por su compañero de tertulia Ramón Gómez de la Serna, que se celebró en el Salón de la Sociedad Española de Amigos del Arte, ubicado en la actual sede de la Biblioteca Nacional, situada en el elegante Paseo de Recoletos. Fue una exposición artística fundamental, convirtiéndose en uno de los primeros y más importantes actos públicos de la vanguardia en España. A pesar de su relevancia histórica, gran parte de la crítica conservadora recibió estas propuestas —para ellos, excesivamente vanguardistas— con escepticismo. No es de extrañar esa reacción de los críticos, al ser las obras expuestas un declarado desafío a los cánones tradicionales, en particular del arte que en esos años se realizaba en España. Aun así, la muestra representó uno de los pasos iniciales que ayudaron a romper con el conservadurismo artístico que predominaba en el Madrid de la época.

            Tras este fructífero periodo en Madrid y al terminar la exposición de los «Artistas Íntegros», en la primavera de 1916, Diego Rivera y Angelina Beloff regresaron a París.

            Vista desde la perspectiva que dan los años, su estancia en Madrid fue el trampolín que le ayudó a consolidar su madurez artística, al tiempo que le permitió asimilar el cubismo y comenzar a proyectar la búsqueda de un arte que finalmente le daría un lugar en la historia universal, convirtiéndolo en el genio que aparece inscrito con letras de oro como uno de los más grandes e influyentes pintores del siglo XX.

                     

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Fernando Gomez
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