Esta es la enésima columna que dedico al estancamiento de la economía mexicana de los últimos 7 años. He hablado del porqué, de las consecuencias, de las implicaciones sociales, de las políticas y algunas más. Hoy viene a cuento volver a tocar el tema, en primer lugar porque no se ha resuelto el problema, seguimos con un PIB per cápita que no se ha movido en 7 años. Segundo, porque tampoco se han eliminado las causas que lo generan y por tanto va a continuar. Y tercero, porque al llamado que muchos hemos hecho (Macario Schettino, Sergio Negrete, Carlos Ramírez, Mario De Constanzo, Valeria Moy, Manuel Molano y un largo elenco que incluye a economistas afines a la 4T) ahora se suma The Economist, la prestigiada revista británica que recientemente publicó un artículo que señala, sin ambages, que el daño a la inversión y por tanto al crecimiento es autoinfligido.
El nulo crecimiento lo ha generado el gobierno y ha sido aderezado por la volatilidad internacional, pero el deterioro es un impacto generado por las políticas de la 4T que un día obstaculizan la inversión, otro día deterioran el Estado de derecho con decisiones, reformas y políticas que modifican las reglas del juego para obstruir la inversión privada, nacional y extranjera. Y el gobierno lo sabe. Se ha dicho y no quieren escuchar. Corregir el rumbo implicaría, necesariamente, echar marcha atrás en el camino tomado por López Obrador, la 4T y las narrativas que ha repetido el gobierno hasta el cansancio.
Claudia Sheinbaum no quiere ni siquiera reconocer la existencia de los problemas o los grandes errores heredados del sexenio anterior. Iniciando por la cancelación del nuevo aeropuerto de Texcoco, que ya nadie duda que fue un grave error y que, pese a la evidencia, no lo reconoce públicamente. Más bien ha intentado tapar el problema con una mano de gato con miras al Mundial de Futbol, cuando el problema está en la incompatibilidad entre el AIFA y el Benito Juárez para llegar a su máximo potencial por el espacio aéreo que sólo admite un aeropuerto. Y le sigue una larga lista, como la refinería de Dos Bocas, el Tren Maya y el Interoceánico, la contrarreforma energética, la política de abrazos no balazos y el crecimiento del crimen organizado, entre muchos más. Y ya de su cosecha, la reforma judicial y la destrucción de los contrapesos democráticos, la inversión en obras ferroviarias sin planeación y contratando a los mismos que han dejado mucho qué desear con las obras construidas en el sexenio anterior. Todo esto se está convirtiendo en pesado lastre para quienes van a negociar el T-MEC en los próximos meses, una tarea ya de por sí compleja por las maneras y el fondo de Donald Trump y su gobierno.
El corolario es simple: el estancamiento económico va a continuar en México mientras no se corrijan estos problemas, y estos problemas no podrán corregirse mientras no se eliminen los obstáculos a la inversión. No sé si la presidenta se autoengañe o le crea inocentemente a quienes le engañan. Pero el hecho es que su gobierno no quiere reconocer que sus graves decisiones y pecados de omisión garantizan el estancamiento de la economía del país, con graves consecuencias para el empleo, la productividad y el bienestar. Quizás justamente por saberlo es que la presidenta se ha empeñado en hacer todo lo posible para colonizar y por tanto controlar al INE y hacer hasta lo imposible por ganar las elecciones desde ahora.


