Siempre vi el box como un deporte violento. Fui a peleas en México, y en Estados Unidos, presencié una pelear de Floyd Mayweather Jr., ¡mi hit! Pero siempre me hacía la misma pregunta con cara de pendeja existencial: ¿Por qué pelean? ¿En serio no les duele?
Mientras la grada contaba segundos, combinaciones limpias, jabs conectados y tarjetas de los jueces, yo sólo veía dos cuerpos que intercambiaban esperanzas. Alguien tenía que besar la lona. O perder por decisión unánime. Y aunque todos en las gradas gritaban como si estuvieran pariendo gemelos en la butaca, yo sentía un silencio raro por dentro. Algo no me cuadraba.
Pasaron muchos años para que mi cabeza —y mis tripas (mi vesícula, en particular)—, entendieran: las peleas de box son de inteligencia… y aguante.
Lo entendí una noche de 15 de septiembre: Banderas, tequila, mariachi desafinado y una arena llena hasta la madre. Dos boxeadores subieron al ring y entonces lo vi claro: ellos no tiran golpes al aire. Cada jab es un tanteo. Cada cross es una sentencia. Cada uppercut es una declaración de guerra al miedo: –sí, al miedo, no al oponente–.
Ellos no brincan sobre la lona como chapulines sin rumbo. Se mueven en guardia alta, perfilados, con juego de pies, cortando el ring, trabajando el ángulo muerto. Siempre el uno-dos. Siempre la finta. Siempre el amague para abrir la guardia del otro cabrón.
Respiran por la nariz, miden la distancia, administran oxígeno y coraje. Saben cuándo entrar en corta distancia y cuándo salir con paso lateral. Saben cuándo clinchar para enfriar el round y cuándo soltar la metralla al cuerpo para ir desfondando al rival como quien cobra facturas viejas.
En la esquina siempre los espera su entrenador. Con la toalla, la vaselina y la mirada de quien ya vio todo. No sólo para decirles: “¡Trabaja el jab!” o “¡Cierra la guardia, pendejo!” Sino para recordarles por qué están ahí. Para quién se están partiendo la madre. Qué vida dejaron afuera del ring, para hoy, estar bajo estas luces.
Y entonces lo entendí: ¡Claro que los golpes duelen! Duelen en el pómulo, en las costillas, en el hígado y en el orgullo. Duele que te cuenten ocho mirando al techo. Duele que te roben un round en las tarjetas. Pero duele más, mucho más, no intentarlo. Duele más quedarse con la pinche duda de si sí la armas.
Hoy me encanta ver el box femenino. Porque ahí la metáfora se vuelve aún más hermosa y más cabrona. La Barbie. La Bonita… Mujeres con guardia firme y quijada de acero. Mujeres que no piden permiso para ser fuertes. Mujeres que no bajan la mirada cuando sangran. Mujeres que te meten un gancho al hígado sin dudarlo y, de paso, te dan una lección de dignidad en la cara.
Ellas no sólo pelean contra una rival. Pelean contra la historia que les dijo que no podían. Contra los promotores que pagan menos. Contra los aplausos que llegan tarde. Contra el machismo que todavía cree que la fuerza tiene pene.
Ellas hacen sombra todos los días. Saltan cuerda. Corren kilómetros. Trabajan costal. Hacen manoplas hasta que los brazos ya no responden. Y aun así se vuelven a poner de pie, porque, ¡chingada madre!: ¡en el ring nadie gana por lástima!
El éxito —como el campeonato— está detrás de un túnel oscuro que tienes que atravesar. Nadie entra a él cantando. Se entra con miedo. Con hambre. Con rodillas temblando. Pero también con una disciplina que no sale en Instagram ni en los discursos pendejos de motivación.
Por eso hoy, cuando veo una pelea, ya no pienso “¡qué violento!” Pienso:
¡qué nivel de preparación!, ¡qué nivel de huevos!, ¡qué nivel de amor propio! Porque nadie se sube a un ring si no ha decidido antes, que el riesgo, ¡merece la pena!
Aprendan a prepararse. Aprendan a trabajar su jab interno. Aprendan a no soltar golpes a lo pendejo. Aprendan a tener metas más altas que sus miedos. Aprendan a escuchar a su entrenador: esa voz interior que sabe qué es lo mejor para ti: aunque duela; aunque canse; aunque asuste.
Y, sobre todo: ¡aprendan para quién chingados pelean! ¡Porque cuando lo sabes, ningún knockdown te tumba del todo!
¡Que viva el box! Y más: ¡que viva la gente que nunca se rinde! Aunque la vida te mande a la lona una y otra vez, ¡te levantas de nuevo en el conteo de ocho con la guardia bien arriba aún, y tu dignidad intacta! Porque hay que aprender a pelear con el cuerpo, sin meter el cuerpo.
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