Hay historias que no se agotan, que no se archivan en la memoria colectiva ni se quedan atrapadas en una pantalla. Historias que, por más que pasen los años, siguen pidiendo ser contadas desde otro ángulo, con otra luz, con otra herida. Así ocurre con La Pasión de Cristo, ese parteaguas cinematográfico que hace dos décadas sacudió conciencias, incomodó a muchos y reafirmó la fe de otros tantos.
Hoy, esa historia encuentra una nueva voz —o quizá un eco más profundo— en La Resurrección de Cristo, el ambicioso proyecto de Mel Gibson que no solo busca continuar el relato, sino adentrarse en uno de los misterios más complejos del cristianismo: lo que ocurrió después del silencio, después de la cruz, después de la muerte.
Fue en junio de 2016 cuando el escritor Randall Wallace confirmó que ya trabajaba junto a Gibson en esta secuela. Desde entonces, la expectativa no ha dejado de crecer. El propio Gibson, quien también firma el guion, ha dejado claro que no se trata de una narrativa convencional: la película explorará los tres días posteriores a la crucifixión, ese territorio poco abordado donde, según la tradición, Cristo desciende al seno de Abraham, predica y resucita a los santos del Antiguo Testamento.
Pero no se detiene ahí. El director ha adelantado que temas como la caída de los ángeles y el descenso a los infiernos serán piezas clave dentro de una estructura que se anuncia como introspectiva y no lineal, explorando incluso “otros reinos” y “dimensiones”. No es poca cosa: Gibson parece decidido a llevar al espectador no solo a una experiencia visual, sino a una reflexión espiritual que rompe con la lógica narrativa tradicional.
De acuerdo con el periodista Edward Pentin, la cinta seguirá paso a paso los acontecimientos que condujeron a la resurrección, vistos desde la mirada de los apóstoles, mientras en paralelo se desarrollan las intrigas políticas en el palacio de Herodes, hasta desembocar en el clímax del Domingo de Resurrección en Jerusalén.
En cuanto al elenco, el proyecto también marca una nueva etapa. Aunque inicialmente se habló del regreso de Jim Caviezel —quien recientemente protagonizó Sonido de libertad—, finalmente será el actor finlandés Jaakko Ohtonen quien encarne a Jesús. A sus 36 años y con participaciones en producciones como Hamsterit y Vikingos: Valhalla, este proyecto representa su primer gran protagónico internacional.
La cubana Mariela Garriga asumirá el papel de María Magdalena, en sustitución de Monica Bellucci, mientras que Kasia Smutniak dará vida a María, reemplazando a Maia Morgenstern. Completan el reparto Pier Luigi Pasino como Pedro, Riccardo Scamarcio como Poncio Pilato, y Rupert Everett, recordado por trabajos como Napoleón y The Happy Prince.
La producción corre a cargo de Lionsgate, que ha anunciado un estreno poco convencional: la película llegará en dos partes. La primera verá la luz el 26 de marzo de 2027, en pleno Viernes Santo, y la segunda el 6 de mayo del mismo año, coincidiendo con la Ascensión del Señor. Una estrategia que no solo apela al calendario litúrgico, sino que refuerza el carácter simbólico del proyecto.
Pero hablar de esta secuela obliga a mirar atrás. En 2024 se cumplieron veinte años del estreno de La Pasión de Cristo, una cinta que no solo rompió récords —más de 612 millones de dólares recaudados con un presupuesto de 30 millones—, sino que también abrió un debate profundo. Su crudeza, particularmente en las escenas de la flagelación y crucifixión, fue calificada por algunos como excesiva; por otros, como una representación honesta y necesaria del sufrimiento de Cristo.
En aquel entonces, Joaquín Navarro-Valls, portavoz del Vaticano, aseguró que el Papa Juan Pablo II había visto la película y la consideró una fiel adaptación del relato evangélico. Un respaldo que, sin duda, marcó el rumbo de su recepción entre los fieles.
Hoy, con “La Resurrección de Cristo”, Gibson no solo retoma una historia: se enfrenta al desafío de representar lo inexplicable, lo que trasciende la imagen, lo que vive más en la fe que en la razón.
Y es ahí donde esta columna —este confesionario— encuentra su sentido. Porque más allá de la espectacularidad anunciada, de los nombres, de las fechas y de la industria, la pregunta sigue siendo la misma: ¿cómo se filma un misterio? ¿Cómo se pone en escena aquello que, para millones, no necesita prueba sino creencia?
Tal vez la respuesta no esté en la pantalla. Tal vez, como toda buena historia de fe, se complete en el silencio de quien la contempla.
La columna de esta semana ha terminado pueden ir en paz.
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