¿Por qué el maltrato animal?

El perro es el animal que más ha amado al ser humano, y paradójicamente, es uno de los que más ha sufrido por él. Los humanos no empezamos a maltratar a los perros en un solo momento, el maltrato apareció cuando el perro dejó de ser visto como compañero y se le vio como objeto, estorbo o herramienta.
Con los asentamientos humanos, cuando el ser humano dejó de ser sedentario y se estableció en un lugar debido a la agricultura, los lobos también se establecieron al acercarse a buscar alimento donde podían encontrar desperdicios. Esto fue hace más o menos 40 mil años; con el tiempo los hombres se fueron acercando a los lobos y los domesticaron para usarlos como compañía, para ir a cazar, para protección, para calor y alerta en peligros.
Los lobos poco a poco dejaron sus características para convertirse en perros, situación que se atestigua por los vestigios arqueológicos. En esta etapa no hay evidencia clara de maltrato sistemático, aunque sí abandono o sacrificio ocasional por supervivencia.
El vínculo humano-perro ha sido ambivalente desde su origen: cuidado y violencia han coexistido casi desde el principio: en Mesopotamia, Grecia y Roma empezó una contradicción fuerte debido a que había perros muy valorados que se les trataba como sagrados, y otros que eran usados para la guerra, para vigilancia extrema, para castigos y peleas, y es aquí cuando ya se identifica el maltrato intencional y ser explotados hasta morir.

En la Edad Media el perro empezó a ser “útil”: para cacería al ser un símbolo de estatus, siendo bien tratados; y los “otros” los callejeros, que eran perseguidos, golpeados y exterminado porque se les veía como portadores de enfermedades y símbolos de suciedad o pecado.
Con la urbanización masiva en la Revolución Industrial, se incrementó el uso de perros para trabajo extremo (arrastrar carros, peleas y espectáculos) con el inherente maltrato y abandono posterior. Ahí el perro dejó de ser compañero para convertirse en una herramienta haciendo el maltrato sistemático y visible.
El siglo XX y XXI, se identifica una consciencia y una contradicción. Por primera vez al perro se le reconoce como ser sintiente y aparecen leyes de protección animal. Pero al mismo tiempo hay abandono, violencia doméstica, cría irresponsable y uso comercial extremo. Aquí el maltrato ya no es ignorancia: muchas veces es desconexión emocional o poder mal entendido: viene de la indiferencia aprendida; de mirar y no ver, de reconocerlos como seres sintientes, sin sentir. De mandar oficios en lugar de asumir conciencia.
En la actualidad en México más del 70% de los animales domésticos vive algún tipo de violencia o abandono. Cada año se abandonan alrededor de 500 mil perros y gatos, y solo 1 de cada 10 logra encontrar un hogar. Esto es normalización del abuso y la indiferencia.
En Puebla, el problema no es la ausencia de leyes. Existen: eeconocen a los animales como seres sintientes. El problema es que hay quienes deciden que la ley estorba cuando la empatía incomoda.
En Tehuacán, en este mes de enero, 2026, dentro del CBTIS 229 de Tehuacán, se destruyó un espacio destinado al cuidado de animales y se ordenó el retiro de perros que no eran propiedad de la institución, que tenían tutora legal y estaban bajo custodia vinculada a un entorno educativo. El Centro de Bienestar Animal advirtió que la acción era ilegal y que el procedimiento correcto era la adopción responsable. Aun así, el 7 de enero, los perros desaparecieron. Hoy están no localizados, no hay denuncias y hay silencio.
Ese mismo día, en la Ciudad de México, autoridades rescataron animales de un refugio donde el maltrato era visible: tumores, lesiones neurológicas, infecciones, hacinamiento. Allá el horror era explícito.
La ironía es brutal: en Puebla existe un solo refugio certificado, sin apoyo gubernamental, sostenido por voluntariado, cansancio y amor real. Ese refugio existe gracias a personas como Manuel Bachbush Antona, fundador de @AmoresPerros Refugio Para Perros, que demuestra que la protección animal no necesita discursos ni simulación, consciencia y coherencia moral.
El maltrato animal no empieza cuando alguien golpea. Empieza cuando una autoridad decide no preguntar: “¿Dónde están?” Cuando una escuela demuestra que la vida se puede retirar cuando estorba. Cuando se educa en la obediencia ciega y no en la responsabilidad ética.
La primera herida
Al principio, el perro no tenía nombre.
Era lobo, era sombra, era fuego tibio junto a la noche.
Se acercó al ser humano no por obediencia, sino por curiosidad.
Y el humano, por primera vez, no estuvo solo.
Caminaron juntos.
Cazaron juntos.
Se cuidaron del frío y del miedo.
Durante mucho tiempo, nadie levantó la mano.
La herida llegó después.
No con el hambre, sino con el poder.
Cuando el perro dejó de ser compañero y se volvió herramienta.
Cuando empezó a valer por lo que servía, no por lo que sentía.
Algunos fueron amados como dioses.
Otros, usados como armas.
Y muchos, olvidados en las orillas de las ciudades,
mirando al mismo humano que un día fue su hogar.
El perro nunca entendió la traición.
Siguió esperando.
Moviendo la cola incluso frente al golpe.
Creyendo que el amor podía corregir al mundo.
Tal vez la pregunta no es
cuándo empezamos a maltratarlos,
sino en qué momento dejamos de mirarnos como iguales.
Porque cada perro herido
no habla de su naturaleza,
sino de la nuestra.

alefonse@hotmail.com

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Alejandra Fonseca
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