Me llamo Ash…

Estoy en los brazos de mi mami humana. Ella me dice que está curando “mi ojito pajarito”. El que tengo sano. Perdí el otro en el proceso. Un golpe. Una infección. Abandono. El ojo se pudrió… y me dejaron así antes de que alguien decidiera que yo importaba lo suficiente como para salvarlo.

Dicen que estaba necrosado, que fue mejor así. Yo sólo sé que dolía… y que cuando llegué aquí, ya era tarde para ese ojo.

También me cura la pancita. Esa herida es reciente. Me operaron para que dejara de sangrar cada cierto tiempo. Es la cuarta vez que me abren desde que llegué a casa. La cuarta vez que alguien decide que yo importo y que mi cuerpo merece otra oportunidad.

Cuando desperté de esta última cirugía, mi mami estaba ahí como siempre. El veterinario le dijo que llegamos a tiempo, que tenía piometra: que me usaron tanto, tan mal, con tan mala higiene, que mi propio cuerpo empezó a matarme desde dentro; que si hubiéramos esperado un poquito más… yo ya no estaría aquí.

Yo no sé de tiempos. Dicen que tengo entre dos y tres años; tiempo en que fui usada una, y otra, y otra vez desde mi primer celo; fui convertida en una máquina enjaulada, en vientre con patas, en útero rentable, en carne que produce más carne.

No sé cuántas veces fui mamá. No sé cuántos hijos tuve. No sé dónde están. Sólo recuerdo que me quitaban a mis cachorros demasiado pronto, aún con leche pendiente de mamar. Y luego, todo volvía a empezar. Y a nadie le importaba… Porque cuando tu cuerpo es un negocio, tu dolor es un estorbo.

Así perdí mi ojo. Así se torció mi cadera. Así se salió mi rodilla. Así aprendí a morder.

No era agresividad. Era dolor.

Cuando ya no serví, me tiraron, como se desecha algo roto, inservible.
Hicieron lo que hacen con lo que ya se exprimió: me arrojaron a la calle.
Como basura biológica. Corrí. Sin rumbo. Sin ver. Con hambre. Con un cuerpo que ya no respondía bien. No sabía sobrevivir pero el miedo empuja incluso a los cuerpos rotos. Como si el sufrimiento no dejara rastro…

Hasta que alguien llamó a un refugio. Y después, por primera vez, alguien me sostuvo, no me soltó. Llegué a unos brazos que me estrujaron y no me han dejado ir: los de mi mami.

Así llegué a casa. Aquí me volvieron a armar. Primero el ojo. Luego la rodilla —me pusieron un clavo—. Después la cadera –una placa–. Y ahora, mi pancita.

Cuando he tenido que guardar reposo -entre cirugía y cirugía-, mi mami me pone mi suéter y me carga con rebozo para salir al amanecer con mis hermanos, Beau y Misha. Ella siempre dice: “¡O todos o ninguno!” Y ahí, así, vamos todos: nosotros tres y ella. Ellos pisan la tierra. Yo siento el viento. Mientras ellos corren. Yo vuelo entre sus brazos. Cierro mi “ojito pajarito” y el aire me abraza. Lo abro y miro la luna irse… y el sol, empezar.

Ayer el veterinario dijo que voy bien. Que estoy bien cuidada. Mi hermano humano llamó para preguntar por mí. Y le dijo a mi mami algo que anido aquí dentro, en un lugar que no sabía que existía: “Ma, ¡qué bueno que se encontraron!”

¡Sí!, ¡qué bueno! ¡Nos encontramos! Y mientras mi mami me limpia la herida de mi pancita, mientras el antiséptico pica, me hace cosquillas y pataleo ¡ella ríe como niña! Su risa me enseña que la vida es algo bueno.

Y cuando cuidadosamente limpia mis tetillas estiradas, las que escriben mi historia de las crías arrancadas…

Guarda silencio…

Hay cosas que sólo empiezan a sanar cuando alguien, por fin, te nombra con amor.

Y entonces pasa algo:

Nos miramos.
Y me dice.
Acercándose.
Bajito.
En un susurro.
Confabulando.
Un embrujo
Que atrapa la magia.
Y que el mundo no merece escuchar:

“Ash… ¡es usted una mami hermosa!…”

¡Y me come a besos!

alefonse@hotmail.com

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Alejandra Fonseca
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