El puerto de Veracruz y en él, las playas de Villa del Mar y Boca del Río, fueron mi primer destino de olas y arena, con mis padres y mis hermanos. Siguieron siéndolo hasta la madurez, ahí viví mi luna de miel y del murmullo del mar nacieron los títulos de dos de mis primeros libros de cuentos: “El mar azul de sus ondulaciones” y “Para Leer la Tarde”. Con los años conocí otras playas de México y del mundo: Cipolite, Puerto Escondido, Acapulco, Rosarito, Tampico, Barra de Nautla, Playa del Carmen, Puerto Arista, Salina Cruz, Copacabana, Varadero y Guardalavaca en Cuba… Tuvieron que pasar veinte años para que mis pies volvieran a sentir la caricia de las olas, muy lejos de esas playas donde se depositaron mis primeros sueños. El agua salada del mar salvadoreño mojó mis tobillos y con ella regresaron los veranos de la infancia, cuando el océano era promesa y no despedida. Los recuerdos avanzan y se retiran como las olas dejando guijarros y conchas, nombres, risas, voces y cuerpos que ya no existen. Y mientras camino sobre la arena, apretando los dedos de los pies, no puedo contener el llanto. Hoy, entre tantos momentos del pasado que me trae el mar, me doy cuenta de cómo la vejez ha ido marchitando mi cuerpo y, así como las olas van borrando mis huellas, intuyo la lucidez silenciosa de la espuma que sabe que nada regresa igual, que todo se va. Cada ola nace para desaparecer, y en su repetición comprendo que no hay excepciones, que incluso lo que amamos aprende a irse. La tristeza de la vejez no es miedo a la muerte, sino conciencia del desgaste, del lento aprendizaje de que nada nos pertenece. Observar el mar es aceptar, sin consuelo, que existir es irse quedando atrás. Y entonces miro al sol que se hunde en el horizonte y pienso que no quiero convertirme en polvo, si en ceniza, sino en arena, en sal, en espuma…


