Hay fechas que se anuncian en el calendario y te atraviesan, aunque no quieras. Diciembre trae una que no necesita permiso para entrar: se cuela por las rendijas de la memoria: con el olor a pino, el parpadeo torpe de unas luces que insisten en no morir. Y siempre vuelve con la misma pregunta, esa que me acompaña desde antes de que pudiera pronunciarla:
¿Qué trae la Navidad?
De niña, la Navidad era un ritual de coreografía exacta: la mesa impecable, la elegante y fina vajilla que sólo veía la luz una vez al año, los silencios de mi madre convertidos en instrucciones con todo el séquito de sirvientes y ayudantes tras de ella, y la participación distraída de mi padre, siempre de abrazo silencioso: con pino natural, esferas y luces traídas del extranjero, música navideña en inglés, muchos regalos… ¡demasiados! Para toda la familia extensiva y amigos. Parecía una fiesta, pero olía a exigencia y celebración.
Y luego vino el día en que Moncho dejó de estar, precisamente antes de una Navidad. Mi hermano mayor, mi pequeño huracán de once años que me enseñó a ser un gran ciclón. Desde entonces, las Navidades fueron lo que queda cuando la vida se rompe: una cena fastuosa tratando de tapar un hueco que no sabía negociar; ropa nueva que no sabía alegrar; y rostros perfectamente maquillados para ocultar una ausencia que gritaba más que cualquier villancico. La Navidad dejó de ser fiesta y se convirtió en sobrevivencia.
Años después llegó Fer, mi hijo. Y entonces la pregunta cambió de lugar. Ya no era mía: era la suya.
Yo, que había pasado media vida huyéndole a diciembre: me descubrí decorando su infancia con luces que no sabía encender para mí, comprando ropa para que luciéramos esplendorosos, jugando al mago para aparecer juguetes y regalos por doquier que abarcaban hasta el jardín. Hacía lo imposible para que él tuviera Navidades distintas a todas las que me dolieron. Y, sin embargo, cuando él creció y se fue a caminar su propio mundo, la pregunta regresó:
¿Qué demonios es la Navidad, Alejandra?
Así que hice lo que hacemos los periodistas cuando la vida no nos alcanza: pregunté: Consulté a amigos, conocidos, desconocidos. Y obtuve un catálogo completo de respuestas humanas.
—Es la comida.
—Es una época tristísima.
—Es el momento en que todo cuesta el triple.
—Es nostalgia.
—Es hipocresía.
—Es magia.
—Es cansancio.
—Es familia.
—Es paz.
—Es unión.
—Es perdón.
Y yo seguía sin entender. Hasta hoy.
Hoy que abrí las cajas que llevaba años evitando.
Hoy, que mis manos desempolvaron esferas que habían sobrevivido a mis duelos.
Hoy, que probé las luces, foco por foco, hasta que encendieron, necias como yo.
Hoy, que coloqué el árbol y sentí que algo dentro de mí también se acomodaba.
Hoy, por primera vez, supe qué es la Navidad.
La Navidad no es la fecha.
No es la cena.
No es la mesa perfecta.
No es el regalo, ni el gasto, ni la foto.
La Navidad es quien te abraza y no te suelta, o quien te lame con dulce mirada, aunque tú estés a punto de romperte.
Es la familia que escogiste porque la vida —generosa o cruel— te enseñó que la de sangre no siempre alcanza: Es la familia donde todos cabemos: la de mi Fer, y la que hemos creado con nuestros cuatro perrhijos, para que estos seres maravillosos de cuatro patas -almas luminosas sin sombras-, se extasíen con las luces de colores que encienden y apagan, el olor a pino (en ramas), figuras y casitas que acomodas y van por ellas para mordisquearlas se las quitas y las vuelves a acomodar para que quede su presencia y su huella; es la familia de mis hijos adoptivos para quienes soy su “Mom” y para mis herman@s de vida, por elección.
Es el esfuerzo de seguir aquí pese a todas las ausencias.
Es la mano que se tiende.
Es la silla que se ocupa.
Es el recuerdo que duele, pero también sostiene.
Es el milagro íntimo de reconocer que, después de todo y a pesar de todo, seguimos completos y amando.
La Navidad es lo que queda de nosotros cuando dejamos de fingir.
Así que celebren lo que celebren, crean en lo que crean, recen a quien quieran o a nadie, hacia afuera o hacia dentro, hoy les deseo que encuentren a quienes les hacen un lugar en la mesa del mundo sin pedirles que se disfracen.
Gracias, siempre, por acompañarme en cada columna. ¡Ustedes saben cuánto significa! Y ¡Feliz Navidad! porque la Navidad empieza por los preparativos, ¡y en eso estamos!
alefonse@hotmail.com


