Los griegos tenían una palabra inquietante: idiōtēs. Era el particular, el hombre ocupado exclusivamente en sus asuntos privados, en contraste con quien intervenía en los asuntos públicos. Con los siglos, de ahí derivó nuestra palabra idiota.
La evolución de la palabra quizá sea una advertencia.
Porque una república no se destruye solamente cuando llegan malos gobernantes. También comienza a deteriorarse cuando los ciudadanos renuncian a ser ciudadanos.
Vivimos una contradicción extraordinaria. La humanidad sueña con conquistar Marte, uno de los lugares más inhóspitos que conocemos, mientras destruye irresponsablemente el planeta más extraordinario que hemos encontrado: la Tierra. Queremos conquistar otros mundos sin haber aprendido todavía a gobernar éste.
Y algo semejante ocurre con nuestras sociedades.
Nos quejamos de los políticos. Los insultamos. Los culpamos de prácticamente todo. Pero ¿cuántos ciudadanos participan realmente en los asuntos de su comunidad? ¿Cuántos conocen a sus representantes, exigen cuentas, se organizan, estudian los problemas públicos o participan más allá de una elección?
Creemos torpemente que somos demócratas porque depositamos una boleta en una urna cada tres o seis años.
Eso no es suficiente.
La democracia no es únicamente votar. Es participar cotidianamente en las cosas de la ciudad. Es informarse, debatir, exigir, proponer, organizarse, respetar la ley y aceptar que el otro puede pensar distinto sin convertirse por ello en nuestro enemigo.
La democracia tiene enormes defectos. La pregunta es: ¿por cuál sistema queremos sustituirla?
Ahí aparece una de las grandes tentaciones de nuestro tiempo: el populismo, de derecha o de izquierda.
Los extremos necesitan sociedades simplificadas. Buenos contra malos. Pueblo contra élites. Patriotas contra traidores. Ricos contra pobres. Conservadores contra progresistas.
Cambian los personajes, pero el mecanismo se parece demasiado.
La propaganda política del siglo XX comprendió perfectamente la fuerza de la repetición, la emoción, el enemigo común y la simplificación del mensaje. Hitler y Goebbels llevaron esas herramientas hasta consecuencias monstruosas.
Precisamente por eso deberíamos haber aprendido algo de aquella tragedia: cuando la política sustituye el pensamiento por propaganda, el ciudadano termina convertido en masa. Y la masa es extraordinariamente manipulable.
Los extremos convierten entonces la política y la economía en un péndulo: de un extremo al otro, de una revancha a la siguiente, sin permitir que las instituciones encuentren equilibrio.
Aristóteles proponía otra cosa: la virtud como justo medio. No como mediocridad ni tibieza, sino como equilibrio gobernado por la razón.
También sabía que el problema fundamental de la política era quién debía gobernar y para qué.
Hoy pareciera que hemos invertido la pregunta.
Estamos hartos de que elección tras elección nos presenten candidatos y terminemos discutiendo cuál es el menos peor.
¿En qué momento aceptamos semejante mediocridad como normalidad democrática?
Queremos buenos gobernantes, pero despreciamos la formación política. Queremos funcionarios honestos, pero toleramos pequeñas corrupciones cotidianas. Exigimos políticos preparados mientras hemos convertido el conocimiento, la prudencia y la experiencia en defectos frente al espectáculo, el grito y la popularidad.
Un amigo del magisterio mexiquense me dijo alguna vez una frase brutal:
“El sistema educativo funciona a la perfección: no educa y le sirve al gobierno en el poder”.
Quizá sea exagerada. Pero obliga a pensar.
Porque todo populismo necesita más seguidores que ciudadanos. La persona educada pregunta. Contrasta. Duda. Lee. Discute. Exige pruebas. Resulta mucho más difícil convencerla de que la realidad cambia simplemente porque el gobernante modifica el discurso.
El infierno de la realidad siempre termina teniendo otros datos.
Y tarde o temprano nos alcanza.
Por eso necesitamos volver a hablar de educación. De política. De liderazgo. De responsabilidad individual. De libre empresa responsable. De instituciones. De verdad.
Pero sobre todo necesitamos recuperar una palabra desprestigiada: ciudadanía.
La solución no será responder a la polarización con más polarización. En la confrontación permanente, el populismo juega de local. Necesita enemigos para sobrevivir.
La polarización puede ser extraordinariamente eficaz para conquistar el poder rápidamente. También puede ser extraordinariamente eficaz para destruir instituciones y perderlo después.
Una república funciona de otra manera.
Ser republicano significa comprender que nadie es dueño de la nación. Que el gobierno es temporal y las instituciones deben permanecer. Que quien piensa diferente no necesariamente es enemigo. Que mayoría no significa omnipotencia y que minoría no significa irrelevancia.
México, además, tiene una razón todavía más profunda para comprenderlo.
Somos una nación pluricultural.
Nuestra riqueza está precisamente en nuestras diferencias: regiones, historias, culturas, lenguas, generaciones, empresarios, trabajadores, campesinos, universidades, comunidades indígenas, organizaciones sociales y millones de ciudadanos con maneras distintas de imaginar el país.
No necesitamos uniformidad. Necesitamos unidad en la diversidad.
Y para conseguirla hace falta algo mucho más difícil que ganar una elección: construir ciudadanía.
Necesitamos liderazgo con valores, conciencia, mesura y responsabilidad. Necesitamos resignificar la educación, dignificar la política y recuperar la verdad como principio elemental de la vida pública.
- Hay que denunciar la mentira sin convertirnos nosotros mismos en mentirosos.
- Hay que combatir los abusos sin convertir al adversario en enemigo.
- Hay que rescatar a nuestros jóvenes del cinismo que les hemos heredado.
Y hay que recordar que una República no pertenece al presidente, al Congreso, a los partidos ni a los empresarios. Nos pertenece a todos.
Quizá por eso aquella vieja palabra griega conserva todavía una advertencia después de tantos siglos:
Una sociedad llena de habitantes preocupados únicamente por sí mismos puede tener elecciones, partidos, instituciones y discursos democráticos.
Pero difícilmente tendrá una verdadera República.
México no necesita más espectadores. Necesita ciudadanos.


