Esta historia no tiene nombres, aunque cuenta con varios personajes. Sucedió hace 49 años y la memoria me trae solamente rostros, pinceladas de espacios, emociones recuperadas de los recovecos del alma, todo sin letras, sin palabras exactas.
Después de dos años de trabajo en la construcción y de ser auxiliar administrativo en una planta siderúrgica, renuncié. Me había perdido a mí mismo, no tenía ambiciones, quería huir. De mi sobre con el finiquito, extraje tres o cuatro billetes y el resto se lo di a mi madre. Decidí buscar trabajo lejos de Puebla, en la construcción de la presa Chicoasén en Chiapas. María Eugenia, la menor de mis tías, me dijo que no era muy prudente marcharme sin conocer a nadie donde iba y me dio el nombre y la dirección de una amiga suya en Tuxtla Gutiérrez.
En el autobús conocí un par de jóvenes, casi de mi edad, vendedores de accesorios de cocina. Me “pegué” a ellos. Me ofrecieron una comisión si lograba hacer alguna venta. El viaje fue nocturno. Al llegar a Tuxtla, nos hospedamos en un hotel de tercera, en el centro, y uno de ellos me acompañó a ver a la amiga de mi tía.
Vivía en una casa llena de macetas, de plantas, de olor y atmósfera extraños. La mujer fue cortés y me ofreció hospedaje; pero había algo en ese lugar que me repugnaba, la cortesía de la anfitriona era fingida y en el entorno se percibía una soledad sombría, una exhalación macabra. Nos despedimos. “Me sentí muy mal adentro”, me dijo mi acompañante y compartimos un escalofrío. No habíamos desayunado y para agradecer la empatía mostrada lo invité. Al pagar, caí en la cuenta de lo escaso de mi pecunio. Con lo que llevaba en la cartera no podría sostenerme más de tres días.
Regresamos al hotel, me dieron una instrucción rápida sobre las estrategias de venta de sus productos y nos presentamos en tiendas, bancos, almacenes. Logré vender un par de picadoras de verduras y un exprimidor de jugos. Mis “socios” tomaron nota y me adelantaron la mitad de mi “pago”. Por la noche nos emborrachamos. Entre el alcohol y el desvelo caí en un sueño que duró más de diez horas.
Al despertar me encontré con la habitación desocupada, no estaban las maletas de mis acompañantes, ni las cajas con mercancía. Tomé mi mochila y con cierto temor bajé a la recepción. La cuenta estaba pagada y me sentí aliviado… Era la primera vez que visitaba esa ciudad, decidí permanecer ahí un día más, antes de desplazarme a Chicoasén. El calor era sofocante. Compré boleto en un cine, estaba casi vacío y cuando comenzó la película dos sombras se sentaron a mi lado. ¿Cuál fue la película? ¿Qué actores participaban en ella? Todo se ha borrado, excepto el recuerdo de una mano que se deslizó sobre mi muslo. Una voz de mujer, casi infantil, me dijo: “no eres de aquí, ¿verdad?”. Le contesté, nos presentamos y salimos. Eran dos chicas morenas, alegres, desenfadadas. Me acompañaron en un paseo por el centro de la ciudad y me invitaron a la playa, el día siguiente, en Puerto Arista. “Vamos a hacer una carne asada”, me dijo una de ellas, “vivimos en Arriaga. Toma el primer autobús, no hay pierde, te esperamos en la terminal”.
Y así fue, viajé en la batea de una camioneta vieja, con mi mochila al hombro, en medio de varios chamacos. Al llegar frente al mar, bajamos dos cajas de cervezas, pero no vi el anafre, ni la carne, ni el carbón… tenía hambre, no había desayunado y la cena previa había sido un sándwich que compré en una tienda. Mi anfitriona me invitó a caminar por la playa, nos mojamos los pies, disfrutamos la vista del mar y las olas, el regusto a sal de la brisa. Ella me tomó de la mano, tenía 16 años. Así anduvimos un rato hasta que sentí que me ardía la cara por el sol. Volvimos a la palapa donde estaban todos. Uno de ellos preguntó, “¿ya son novios?”, y antes de que yo pudiera responder, ella afirmó con una risita pícara. La aparté y le dije: “si somos novios puedo besarte, ¿no?” y ella sólo volvió a reír lanzando al aire un “no” desparpajado, inocente, como una gaviota bebé que hizo piruetas en el aire y se perdió en el azul del mar.
No hubo besos, ni carne asada… la escena siguiente es en la carretera Arriaga-Tapanatepec, llevaba una hora caminando cuando se detuvo una camioneta a mi lado. La conducía un ingeniero de Pemex que ofreció llevarme hasta Acayucan. Crucé el Istmo de Tehuantepec con él, le conté brevemente mi historia, me contó la suya y cuando llegamos a el entronque donde él continuaría su ruta hacia Minatitlán, sacó de su billetera un billete y me dijo: “anda, no te sigas arriesgando, toma el autobús a casa y que Dios te bendiga”. Tomé un camión guajolotero a Veracruz, volví a Puebla, a poner los pies sobre la tierra… sólo por un rato.


