Culpa. Siento culpa. En silencio me juzga. Anida y me inunda. Es un eco y huele a mí…
Se instala sin pruebas… sin dudas. Domina el panorama. Es sangre que recorre mis venas. Y no puedo decir: “Me duele la sangre”. No puedo decir: “El oxígeno pesa”: pero la culpa duele y pesa, porque se encarna en todo y ante todos.
La culpa es una roca en caída libre. Es juez que no necesita pruebas. La sombra que se sienta a mi lado con precisión y sin impedimento; es el bisturí que disecciona mis entrañas.
Mi culpa, mi humanidad: Amé mal, hice mal o dejé de hacer, dije mal o callé. Fui cruel sin saber. Cada recuerdo pasa por el tamiz más desalmado: el de mi milimétrica memoria que no olvida, mide; que tasa el peso exacto de una palabra dicha a destiempo, de la distancia precisa entre lo que fue y lo que pudo haber sido y no fue. Hurga en mis vísceras buscando una expresión omisa. Y no exagera, no inventa… y no perdona. No se desgasta, permanece; conoce el destiempo ¡nunca el tiempo! Es quieta. Exacta. Quirúrgica. Se vuelve un lugar donde una se queda a vivir.
Recuerda el tono de voz, la pausa antes de la respuesta, la mirada que evitó encontrarse. Almacena detalles sin desecharlos, sabe que en lo mínimo habita lo esencial. Y ahí, en la minucia, construye historias que se repiten con fidelidad inquietante. Y cada noche se repite el eco que no encuentra salida.
La precisión de la culpa me atrapa: es el archivo infinito de errores, la colección de instantes que vuelven y se remachan, ciclando explicaciones que aturden.
Y entonces revivo lo que dolió, lo que faltó, lo que me guardé y lo que no fue. Como si ajustar el recuerdo una vez más pudiera cambiar el resultado. Como si encontrar un milímetro distinto en la historia fuera suficiente para alterar el destino.
La culpa tiene poder: se disfraza de justicia cuando todo en ella es castigo; surca el océano interminable de cuestionar la precisión de los hechos, de los pensamientos y las decisiones que en su momento parecieron correctos: pero el tiempo se encarga de disputarlos, con exactitud, al atraparme en el error y hacerme pagar con sufrir, como si el doler fuera una forma de redención necesaria por suficiente, con la quimera de que, al reparar el pasado, se corrige la vida. Pero no funciona así.
La culpa puede ser una puerta: pero no está hecha para quedarse en el umbral. Porque no todo lo que fue, necesita seguir siendo exacto.
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