Los acontecimientos violentos de los últimos meses y la errática estrategia de control de daños ejecutada por los gobiernos de Morena, han dejado una estela de angustia y desolación en la sociedad.
Tenemos autoridades más preocupadas por contener la indignación social y combatir manifestaciones de inconformidad que por hacer justicia, mejorar sus políticas de seguridad que incluiría inteligencia, equipamiento, capacitación, tecnología, coordinación institucional y capacidad para integrar expedientes.
A estos gobiernos no les interesa empatizar con la legítima demanda de recuperar la paz y la seguridad, prefieren combatirla.
Tanta insolencia y tanta violencia verbal de los gobernantes han contribuido a reforzar la idea de que existe una alianza perversa entre autoridades y criminales, aunque probablemente no en todos los casos. El calificativo de #Narcogobierno los tiene preocupados porque cada día más mexicanos lo creen verdadero.
Lo más peligroso para los gobiernos de Morena no es la delincuencia, la violencia, los homicidios, las desapariciones, ni los cuerpos desmembrados, es perder el control de la narrativa. Si surgen líderes espontáneos que toman la bandera con pequeñas manifestaciones simbólicas, el gobierno reacciona con energía para desacreditarles y con ello evitar que se conviertan en voceros de la causa más legítima de todas. Si no los desactiva con el acoso de plumas pagadas y la amenaza de una persecución pública, entonces los abandonan como lo hicieron con Carlos Manzo y otros menos famosos, pero igualmente asesinados.
En nuestras encuestas la causa social que más le interesa a la población es la seguridad. Es lógico, la inseguridad es el principal problema en todas partes a pesar de los esfuerzos por convencer a la gente de que el gobierno ha logrado reducir la incidencia delictiva.
También en nuestras encuestas medimos la propensión a votar a favor o en contra de Morena. La tendencia en este indicador muestra una caída en el apoyo al partido en el poder y una creciente ola de gente que se manifiesta abiertamente en su contra. Esta tendencia aparece con más fuerza en las zonas urbanas, pero también se manifiesta en las rurales y suburbanas. Los programas sociales ayudan a contener la desbandada, aunque no resistirán por siempre.
Las causas sociales y la narrativa en manos de la oposición son la combinación más peligrosa para un régimen cuyo único interés es ganar la siguiente elección. Por eso tenemos gobiernos improvisados, sin orden ni planificación estratégica, dedicados exclusivamente a someter cualquier asomo opositor.
A pesar de todos los intentos por combatir las libertades, disminuir las voces disidentes y orientar a la opinión pública desde las conferencias mañaneras y la propaganda, observamos un creciente segmento de mexicanos que ven un país estancado o en retroceso y sin expectativas de mejorar. Esos mexicanos son los que abandonan la indiferencia y ya se manifiestan abiertamente en contra de Morena.
En los más de 20 años que he estado en el oficio de encuestador aprendí que no hay buenas personas gobernantes. El poder pervierte, nubla la razón y exalta la soberbia. Lo que hace buenos gobiernos no son las personas, es el sistema: los controles legales, institucionales y políticos obligan a los gobernantes a conducirse dentro de ciertos márgenes. Cuando esos límites se rompen entonces surgen los abusos y los excesos. En esas estamos hoy.
Ante la inminencia de perder la siguiente elección el incentivo debería canalizarse en hacer mejores gobiernos, no en someter a los opositores. Sin oposición legítima todo es peor.
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