La costa del Pacífico, mi padre, la inteligencia militar y la masacre de tortugas

Günter Petrak

La marea subió, los pájaros comenzaron a trinar y el cielo se oscureció con el sol en el cenit. Era el ocaso producido por un eclipse total de sol y mientras duró, más de tres minutos, vimos un par de estrellas fugaces perderse en el horizonte. Era el 7 de marzo de 1970, en Puerto Escondido, Oaxaca, cuando yo tenía apenas once años y las poblaciones costeras de ese estado estaban a décadas de sufrir la gentrificación y la destrucción producida por las empresas inmobiliarias y las cadenas hoteleras.

Fue un atardecer al mediodía, un instante robado a un tiempo eterno. Las largas horas en carretera, para llegar y salir de aquel pueblo costero valieron la pena. Nos llevó mi padre, a mi mamá, mis hermanos y a mí, en carro. Aunque no lo tengo claro, supongo, por experiencias posteriores, que nuestro conductor prefirió regresar por Acapulco para evitar la sinuosa Sierra Madre del Sur y sus caminos sin pavimentar (los cuales padecimos durante horas en el trayecto de ida). Así lo haría yo, acompañado de mis exalumnos y amigos Poncho y Ernesto, más de veinte años después. No obstante, eso no nos libró de una larga espera para cruzar un río en panga. Hacía calor y la fila de autos era muy larga, pronto oscurecería y así fue como me metí en el río y estuve a punto de ahogarme cuando tropecé con una piedra y me jaló la corriente. Afortunadamente fui rescatado por otros que tuvieron la misma idea de refrescarse en agua dulce y en movimiento.

Hicimos escala en Acapulco. No sería la primera ni la última vez que compartiría habitación de hotel con la familia y que comeríamos mariscos y pescado en algún restaurante de playa, veríamos clavadistas en La Quebrada, nos subiríamos a una lancha con fondo de cristal y caminaríamos enterrando los pies en las arenas de Pie de la Cuesta, Barra Vieja, Revolcadero, Caleta y Caletilla, Playa Hornos, La Condesa… Alguna vez, en agosto de 1973, mientras nadábamos en una alberca de hotel en ese puerto, mi padre escuchó en voz de otros turistas que había habido un terremoto en Puebla y había edificios destruidos. Fin de las vacaciones.

Algo ha quedado de esos viajes en mi memoria, aunque no recuerde personas, paisajes específicos, conversaciones particulares; no hay detalles, como escribí alguna vez: “sólo imágenes vagas, esa rara sensación que se replica, como una nostalgia de un tiempo pasado que fue y no fue, una emoción que por distante es tan cercana, ese murmullo de la brisa que mece el sol moribundo, la plenitud de la ausencia, la tristeza colgando del cuello como un talismán primitivo…”

Y volvimos a las costas de Oaxaca, una última ocasión con mi padre, sólo mi hermano y yo, antes de que a él se le metiera en la cabeza la idea de viajar a Sudamérica, a buscar las fuentes del Río Ñamunda, afluente del Amazonas, antes de que la crisis económica y las diferencias con mi madre desviaran su ruta y fundara un nuevo hogar en el mismo sitio donde alguna vez tuvimos el nuestro.

Hotel San Francisco. Bogotá, Colombia.

1 de febrero de 1975

Mis queridos hijos: Llegamos bien a esta república que es muy bonita. El vuelo fue tranquilo, aunque no dormimos nada, sólo se nos fue en bromas entre el Dr. Hurtado y el Chícharo, y comentarios sobre los problemas que tuvimos para salir del país con las armas. Luego nos avisaron en el aeropuerto de México que no podíamos ir a Manaos sin la vacuna de la fiebre amarilla pues hay epidemia fuerte en esa zona; arreglamos que nos vacunaríamos en Bogotá, ya lo tramitamos y nos vacunan el jueves entrante. Aquí nos encontramos con el Sr. José Margaona y estamos haciendo revisión de equipo y planes para volar a Manaos; estamos haciendo condición física los cuatro, pues nos espera un viaje muy difícil y pesado, calculamos entre 25 y 30 días en la selva con las tribus que ya les platiqué y no dejo de recopiar datos por si alguno de ustedes quisiera venir. Besos para todos y también a la Oma. Papá.

Abordamos una camioneta de carga, pequeña, que mi padre acondicionó como camper. A los costados había una especie de banca de madera, abatible que lo mismo servía de cama que de cajón. Ahí colocamos víveres, herramientas, enseres de cocina, el rifle calibre 22 mm de mi padre, una escopeta y una pistola. Fue una ruta de varios días, haciendo escala en Oaxaca y en la cima de la Sierra Madre. En aquella época, la carretera pavimentada llegaba hasta Coyotepec (a 17 kms de la ciudad de Oaxaca), después se ascendía por un camino sin pavimentar donde eran frecuentes los deslaves y los accidentes. Pero el paisaje era de una belleza hipnótica, subimos entre pinos, después nos envolvió la niebla y finalmente paramos sobre la parte más alta desde donde se miraban algunos picos escarpados sobre un prado de nubes. Sería en este sitio, después de pasar San Miguel Suchixtepec, frente a un puesto de comida a un lado de la carretera, donde fuimos abordados por una patrulla del ejército mexicano. En Guerrero, Lucio Cabañas y la guerrilla del Partido de los Pobres se había convertido en un dolor de cabeza para el Gobierno de Luis Echeverría. Oaxaca también estaba en alerta. Mi padre mostró identificaciones y permisos para portar armas. Nos dejaron avanzar. Pronto nos volvió a cubrir la niebla y nos alcanzó la noche. Preparamos la parrilla eléctrica, cocinamos huevos de la granja de mi padre y dormimos por turnos para estar siempre alertas.

El descenso fue algo accidentado, curvas muy cerradas, deslaves, hoyos y más hoyos, niebla… La distancia entre Oaxaca y Puerto Ángel era de casi 260 kilómetros, pero se requería de mucha pericia para manejar el vehículo, paciencia y buen ánimo. Finalmente llegamos a Pochutla y después al puerto.

Es hermoso mirar el mar, cada viaje a la costa, en distintos momentos de la vida, es una experiencia diferente, porque somos distintos, en la infancia puede ser un espacio de juegos y descubrimiento, luego se vuelve aventura y a mi edad es un espejo de lo que fui, un ir y venir, una metáfora de la vida, un oleaje que a veces inspira y otras revuelca y ahoga …

Recorrimos el pueblo, comimos mariscos y pescado, dormimos en una hamaca con tela antimosquitos y nos movimos, como buenos exploradores, hasta Puerto Escondido. Nos hospedamos en una pensión donde, por la mañana, mientras mi padre se bañaba, tocó la puerta un militar y preguntó por él.

Desconcertado, preocupado, mi papá lo atendió. Recibió instrucciones para presentarse de inmediato en la zona militar. Allá nos recibió efusivamente un coronel amigo de mi padre, quien nos invitó a desayunar. La charla duró casi una hora y en su transcurso nos enteramos de la precisión con la que la inteligencia militar había registrado cada uno de nuestros movimientos desde nuestro paso por el punto de revisión en la sierra.

Nos quedaban varios días de vacaciones, estuvimos en Zipolite, cuando comenzaba a ser icónica playa nudista, donde abundaban los hippies y los desertores del ejército estadunidense que se habían negado a participar en la guerra de Vietnam; casi vomitamos en Mazunte, donde había un matadero de tortugas y se podía ver decenas de caparazones abandonados como blindajes militares después de una batalla. El olor a carne podrida y a muerte se nos quedó pegado largo rato en la garganta. Actualmente en el lugar se encuentra el Centro Mexicano de la Tortuga. Visitamos la laguna de Chacahua y retornamos a la ciudad de Oaxaca desde Puerto Escondido, haciendo un triángulo en nuestra ruta: Oaxaca-Puerto Ángel- Puerto Escondido- Oaxaca.

Fue el último viaje que haría con mi padre. Después vinieron varios años de distancia, abandono de su parte y resentimiento mío hasta que finalmente nos reconciliamos, una década después.

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