Yo no soy de mandar felicitaciones de Año Nuevo. No soy de cadenas cursis, ni de frases prefabricadas, tampoco de ponerme calzones de colores esperando que el universo haga la chamba que a una le toca hacer. Nunca he creído que la suerte venga en ropa interior. Bastante trabajo cuesta fajarse los pantalones todos los días.
Durante años pensé que el Año Nuevo era puro trámite social: brindis incómodos, abrazos forzados, deseos que se olvidan antes de que se enfríe el recalentado. Pero este 2026 me agarró desprevenida… y bien acompañada.
Mientras a los adultos les servían vino —muy finos ellos— yo pedí rompope. El mismo rompope que me robaba de niña con mi hermanito Moncho, cuando creíamos que éramos invisibles y el mundo no dolía. Ese rompope sabía a travesura, a risa escondida, a infancia viva; a compañía perenne. Hoy sabe a memoria. Y la memoria también embriaga.
Esta vez dejé mi vaso de rompope sobre la mesita de a lado, y para mi asombro, la perrita de la casa subió sus patas delanteras al sillón, con delicadeza tomó la orilla del vaso de plástico entre sus dientes, ¡y se escabulló debajo de la mesa para bebérselo a lengüetazos! La espié y me vi con Moncho jugando a embriagarnos a escondidas.
Los adultos estaban en la mesa, hablando de cosas importantes. Yo me senté en la sala con mis sobrinos. Porque ahí estaba lo importante. Reímos. Platicamos de periodismo, de radio, de lo vivido, de lo que no se dice al aire, pero se carga en el pecho. De lo que te rompe… y de lo que te salva. Porque conversar —cuando es de manera honesta— es una forma elegante de resistir.
De pronto, desde algún rincón de la casa, alguien gritó como si anunciara el fin del mundo:
—¡Ya son las doce! ¡Feliz Año Nuevo 2026!
Y pasó lo inevitable. Me levanté a abrazar a todos y a todas. Sin protocolo.
Sin discurso. Sin mamadas. Porque una llega a una edad en la que entiende algo brutalmente sencillo: no esperas el próximo año para cambiar, esperas el próximo año para abrazar a los que siguen aquí.
Nos han vendido la idea de que el Año Nuevo es para hacer propósitos: bajar de peso, ganar dinero, aguantar menos pendejadas. Pero la vida —que es mucho más sabia que cualquier calendario— enseña otra cosa: los cambios reales no vienen de la agenda, vienen desde dentro hacia afuera. Llegan cuando llegan. Y cuando llegan, no piden permiso.
Ese fue mi regalo del 2026. No fue una promesa. Fue una certeza. Gracias por la cena, claro. Pero, sobre todo, gracias por tanto cariño, por el amor manifiesto en cada acto y cada palabra. Por la risa sin filtro. Por la mesa compartida, por la perrita que me hizo verme con Moncho bebiendo rompope bajo la mesa. Por el amor que no presume, pero sostiene cuando todo lo demás se cae.
A cada lector le deseo exactamente lo mismo:
Vivan.
Despierten.
Agradezcan.
Y no se hagan pendejos cuando la vida les esté hablando bajito.
Sorpréndanse de lo que viene.
Incluso —y sobre todo— de lo que no estaban buscando.
Porque a veces, a las doce de la noche, no cambia el año.
Cambiamos nosotros.
Y eso, créanme, no necesita brindis…
solo verdad.
alefonse@hotmail.com


