In memoriam. Manuel Díaz Cid

Murió Manuel Díaz Cid. Así, sin el don, distinción innecesaria que le elevaba a los altares de las vacas sagradas y en la que mucho insistieron los patrones de las instituciones a las que dio tanto y de las cuales recibió tan poco. No asistí a sus exequias —soy supersticioso—. Me cuentan que le despidieron al grito de “¡Viva Cristo Rey!”, el alalá de los carlistas y, antes, de los cristeros. Faltó, me cuentan también, el “¡Dios, Patria y Organización!”, el de El Yunque, la organización reservada y de inspiración católica gestada a caballo entre Puebla y Guanajuato a la cual quedará irremediablemente asociada la imagen de quien fue mi maestro y maestro de muchas generaciones de politólogos, hombre bueno, generoso, agustiniano.

Recuerda Juan de Dios Andrade, otro que va adelantado a las elucubraciones de sus alumnos, que Díaz Cid recogió muy temprano el llamado de Achille Ratti y de Eugenio Pacelli para defender a la Iglesia católica de las “fuerzas de Satanás”, el nazismo, primero y el comunismo, después. Eran tiempos violentos: —La Guerra fría dividía a la Humanidad entre buenos y malos —escribe Juan de Dios. —Los jóvenes no dudaban en defender sus sistemas de creencias y valores por la vía que fuera necesaria. Muy cerca florecía amenazante la Revolución cubana y muy fresca estaba la traición de Fidel Castro. En ese escenario se fundó El Yunque, con el propósito de reclutar jóvenes para adoctrinarlos y adiestrarlos para obtener el poder e instaurar, luego, el reino de Dios en territorio azteca. La organización fue la vanguardia de la resistencia católica contra lo que, creían, era una conspiración judeo-masónica-comunista mundial para aniquilar la fe. No había tal.

 

Precisamente para obtener el poder, El Yunque de Díaz Cid se instaló en el PAN, que es lo más cercano por estos rumbos a la Democracia cristiana si bien su adhesión a ésta corriente es reciente pues los fundadores del partido no quisieron revivir a los muertos de la cristiada ni someterse a actores internacionales, cosa prohibida en la Ley electoral de 1946. La participación de los católicos en la política se fundamenta en las encíclicas de Gioacchino Pecci, Quod apostolici muneris (1878) y Rerum novarum (1891), en las que se establece la doctrina social de la Iglesia, la cual supone que la democracia, pese a sus defectos, es un sistema de participación preferible a los otros y, en consecuencia, debe abonársele. Los yunquistas también leían, no obstante, por si acaso naciese entre sus filas un José Antonio, a Jean Ousset, cuyas ideas justifican el fascismo y el nacionalcatolicismo español. Los totalitarismos, pues, serían o no condenables según desde qué lado de la mesa se les mirara.

Mucha falta le hará el consejo de Díaz Cid a ese PAN que ayudó a formar y que hoy vive tiempos de refundación, por un lado, porque en aberrante coalición con el PRD y con MC, sufrió una derrota electoral que lo devuelve a los números de hace 30 años y, por el otro, porque, por lo anterior, ha quedado a merced “de caudillos personalistas que lo utilizarán para realizar sus propios proyectos y no los que exige la sociedad”. Además, entre tantas desgracias, el partido se ha desnaturalizado; ha olvidado que su propósito no debería ser otro sino, diría Pecci, “la acción benéfica cristiana en favor del pueblo” y que sus banderas no deberían ser otras sino la de la moral, la de la defensa de los pobres, la de la búsqueda de la justicia social. Los estandartes abandonados han sido recogidos, sin encontrar ninguna resistencia, por un caudillo de derecha que se erige todopoderoso desde una plataforma dizque de izquierda. Tiempos confusos…

Stad firmus ut incus percusa! ¡Mantente firme en la adversidad, como un yunque al ser golpeado! Manuel Díaz Cid fue un hombre firme. La congruencia, por supuesto, no se opone a la contrición. En sus últimos años, Díaz Cid hizo un esfuerzo sincero por reconciliar y reconciliarse con quienes, antes, fueron sus adversarios.

 

Es injusto que desde la izquierda reconciliadora, hipócrita, a veces, se le recuerde solo como un yunquista y no se le dedique ni una esquela.

 

Por: Francisco Baeza [@paco_baeza_]. 12 de septiembre de 2018.