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Alcanzando la tensión entre Estados Unidos y China nuevos máximos, ha vuelto a ponerse en boga The Thucydides Trap: Are the U. S. and China headed for war? (2015), de Graham Allison, artículo en el cual el politólogo explora la posibilidad de que la rivalidad entre las superpotencias escale a una guerra abierta.

La trampa de Tucídides, explica Allison, se basa en los apuntes del historiador ateniense del siglo V a. C., quien dio cuenta del patrón fatal de eventos que condujeron inevitablemente a la Guerra del Peloponeso, del cambio brusco en el balance de poder entre Esparta y Atenas, de la incompatibilidad de los sistemas de valores que cada ciudad defendía y del pánico que provocaban en unos las ambiciones de los otros.

Patrones similares encontramos, por ejemplo, en los conflictos entre Cártago y Roma, en el s. II a. C.; entre Austria y Prusia, en el s. XIX o entre el Reino Unido y Alemania, a principios del s. XX, y en muchos otros donde una potencia hegemónica establecida ha sido desafiada por otra en ascenso. Tal es el caso de Estados Unidos, “quien ha disfrutado de medio siglo de paz y prosperidad sin precedentes”, y China, cuyo crecimiento ha sido tan rápido, tan global y tan significativo en todos los ámbitos “que no nos ha dado tiempo de asombrarnos”.

(Ilústrese el vertiginoso cambio en el balance de poder mundial en un dato duro: desde 2011, cada tres años, China utiliza más concreto que el que utilizó Estados Unidos en todo el s. XX).

A medida que la tensión entre Estados Unidos y China continúe aumentando y no existiendo elementos disuasorios claros que desalienten la escalada, una simetría militar que asegure la destrucción de ambos, conflictos indirectos que contribuyan a liberar presión o foros internacionales donde dirimir las diferencias política y diplomáticamente, el margen de maniobra se reducirá. Cualquier error de cálculo por mínimo que sea podría iniciar la serie de eventos fatales que conduzcan a la guerra.

La historia nos enseña que la mayoría de las grandes guerras comenzaron casi accidentalmente: las Guerras Púnicas empezaron siendo un conflicto pequeñito entre mamertinos y siracusanos por el control del puerto de Mesina; la Guerra austro-prusiana fue detonada por un malentendido en Dinamarca y la Primera Guerra Mundial, por el asesinato de un archiduque austríaco en Bosnia. Puesto así, conviene prestar mayor atención a lo que ocurre en Hong Kong, en Taiwán o en Corea del Norte, donde manda un hombrecito adicto al emmental, a los videojuegos y a las armas nucleares.

La historia también nos enseña que las guerras ocurren sin importar cuán inimaginables sean, cuán catastróficas puedan ser o cuán estrechos sean los vínculos políticos, económicos y culturales entre las naciones rivales, y que para zafarse del conflicto se necesita una poca de gracia: Cártago y Roma contaban siglos de buena vecindad; Austria y Prusia eran naciones hermanas, integrantes de la Confederación Germánica, y el káiser Wilhelm se declaraba “parcialmente inglés”. La codependencia económica entre Estados Unidos y China, no sería, pues, un escollo insalvable.

Decía Santayana que “quienes no conocen su pasado están condenados a repetirlo”.

¿Podrán Estados Unidos (Esparta) y China (Atenas) evitar la trampa de Tucídides, la guerra? (¿Querrán?)

Por: Francisco Baeza

Twitter: @paco_baeza_

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