LA RELACIÓN GENERAL DE TLAXCALA DE DIEGO MUÑOZ CAMARGO

En los días que corren en que de rememorar se trata, exigiendo disculpas por sucesos de hace unos 500 años , resulta por demás recomendable la lectura de la Relación General de Tlaxcala de Diego Muñoz Camargo,, cuyo texto original llegaría en su momento  directamente a las manos de Felipe II sin pasar por el Consejo de Indias que presidía don Juan de Ovando.

Señalado en las placas de la ciudad “niña de azúcar y miel virgen del colmenar” dijera Miguel n. Lira, como integrante de la “nobleza indígena”, lo cierto es que el propio Muñoz Camargo se identifica como uno d ellos conquistadores que acompañaron a Cortés a la expedición a “Higueras”.

Expedición de la que, conjuntamente con la posteriormente acometida por Cristóbal de Olid fuera glosada a cabalidad por din Francisco López de Gómora, lo que obligaría a revisar la relación profunda de nuestro devenir histórico con Honduras, así como con la Florida, dada la referencia nada insustancial que Diego Muñoz Camargo hace de Alvar Nuño Cabeza de Vaca.

A la fecha se conserva, en el Convento Franciscano la pila bautismal en la que los cuatro grandes señores de la República de Tlaxcala encabezados por Xicotencatl, recibieron el sacramento, sin que, hasta donde tenga entendido, fuera d ellos grabados que forman parte de la Relación General de Tlaxcala se conserven los reseñados retratos de Cristóbal Colón, Hernán Cortés y Francisco de Pizarro.

La Ciudad de “Los Ángeles”, nombre que, dicho sea de paso, no habría sido suprimido por efecto del laicismo imperante con el triunfo de la República liberal, y mucho menos por el eventual influjo del General Ignacio Zaragoza, sino proscrito mucho antes por el Obispo Juan de Palafox y Mendoza a efecto de alejar las suspicacias de la “Inquisición” dirigida contra exaltados místicos, dada la influencia de místico franciscano Joaquín de Fiore entre los fundadores de la ciudad; merece especial consideración en la Relación General de Muñoz Camargo.

A la guerra permanente entre los habitantes de Tacali y Tepeaca, las condiciones ambientales caracterizadas por torrente de lluvias desbordad en la temporada respectiva, explican a su parecer el despoblamiento del sitio previo a las fundaciones, de la “Ciudad de Los Ángeles”, que habrían sido dos, ya que el primero de los asentamientos habría colapsado precisamente por motivo del anegamiento vivido a consecuencia de las lluvias.

La referencia por demás marginal a don Martín Calahorra, contrasta con la narración realizada al efecto por Francisco López de Gómora, dado que  en contrapartida, Muñoz Camargo narra a detalle el martirio de “Cristobalico” a mano de su padre, así como la de los niños pregoneros de la fe de “cristo”.

No identifica a don Martín Calahorra como el oficial encargado de instruir la causa que desentrañara la autoría filicida del martirio de “Cristobalico”-

A diferencia de lo que hace el “Real Oidor” Alonso de Zorita,  omite relatar la práctica de adoctrinación que realizaban los “niños mártires” y otros tantos jóvenes aborígenes, debidamente preparados a su vez por los frailes franciscanos, y que los llevarían en algunos casos, ciertamente, al martirio, así como en otras al acosamiento de su parte e incluso, al linchamiento de algunos de sus mayores en una estratagema que bien podría rememorar a las “Brigadas de la Guardia Roja de Mao, durante la Revolución Cultural”

La referencia al Dominico Fray Cristóbal de la Cruz y la fama de su santidad en la Ciudad de México, que Miguel de Cervantes aludiendo a Agustín Dávila Padilla, refiere en su pieza teatral “El Rufián dichoso”, puede encontrarse en la extraordinaria crónica que se contiene en la Relación General de Tlaxcala de Diego Muñoz Camargo; devoción popular que se perdió irremisiblemente entre la feligresía de la Ciudad de México desde tiempos inmemorables, pese a ser consignada por don Miguel de Cervantes a grado tal que , en lo personal , sólo he encontrado una escuálida referencia a la misma en la crónica de 1576 de la autoría de Diego Muñoz Camargo, siendo este uno de los tópicos por lo que su lectura resultaría  obligada en los días que corren, al menos, claro está para quienes gustamos de cultivar la lectura de la obre de don Miguel Cervantes Saavedra.

Por: Por: Atilio Alberto Peralta Merino

Aabertoperalta1963@gmail.com