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A principios de la década de 1940, en plena Segunda Guerra Mundial, Franklin D. Roosevelt comisionó a Walt Disney una campaña propagandística para reforzar su Política del Buen vecino, la iniciativa presidencial para mejorar la imagen de Estados Unidos en Latinoamérica. El resultado fue Los tres caballeros (1944), un largometraje extraordinario que cuenta las aventuras de Donald Duck y sus primos Pancho Pistolas, un gallo mexicano, y José Carioca, una guacamaya brasilera.

Aunque parecía inocente, inocentísima, la política exterior que promovía el últimamente muy endiosado FDR y que personificaba el simpático pato-embajador no era sino una forma menos agresiva de la Doctrina Monroe, el principio según el cual el continente americano pertenece a los gringos de cabo a rabo. ¿Acaso no Donald era marino, capitán del USS Miss Daisy y veterano de la guerra mundial, donde ganó un Oscar por su papel en Der Fuehrer’s face (1943)? ¿No era sobrino de un empresario minero que había hecho fortuna en países subdesarrollados? ¿No Panchito era la mascota del Escuadrón 201 y tenía la cola convenientemente pintada con los colores de la bandera estadounidense?

La Doctrina Monroe, la cual establece que cualquier intervención con fines colonialistas de las potencias euroasiáticas en el continente americano sería interpretada como una agresión contra Estados Unidos, fue propuesta por John Quincy Adams en 1823. Entonces, la jovencísima república veía con recelo los movimientos de los vencedores de las Guerras napoleónicas, especialmente, de Austria, Prusia y Rusia, quienes un año antes habían restaurado a los borbones en el trono español prometiéndoles devolverles sus dominios coloniales.

Rutherford Hayes añadió a la doctrina que Estados Unidos tendría derecho a controlar los canales interoceánicos continentales y luego, Theodore Roosevelt añadió que Estados Unidos tendría derecho también a intervenir en los países latinoamericanos donde considerase que sus intereses comerciales estuvieran amenazados.

Durante el s. XX, Estados Unidos se sirvió de estas ideas para justificar sus intervenciones en países latinoamericanos a fin de consolidar su dominio político, económico y cultural –cuac– sobre su backyard. “Háblales suavecito pero lleva un gran garrote en la mano”, proponía Teddy. Y a garrotazos se nos vinieron encima en Panamá, en Nicaragua, en Haití y después, en Guatemala, en Chile, en Venezuela.

En México, el garrotazo más seco, ya se sabe, lo propinó un siniestro embajador en defensa de los intereses ferrocarrileros, mineros y petroleros estadounidenses en nuestro país.

En el s. XXI, la principal amenaza a la hegemonía de Estados Unidos en Latinoamérica proviene de China, —Aw, phooey!–, que calladamente se ha afianzado como el principal socio comercial, prestamista e inversionista en la región.

(Véase a Alberto Peralta para entender las curiosas implicaciones de la inversión germano-china en México, la cual cuela a los chinos a la zona de libre comercio norteamericana vía San José Chiapa, Puebla).

Latinoamérica se ha convertido, pues, en un teatro estratégico de la guerra fría entre Estados Unidos y China. Es ingenuo pensar que la introspección estadounidense (America first!) implique liquidar la Doctrina Monroe, renunciar a sus reclamos neocoloniales, aceptar sin chistar el expansionismo chino en sus narices (La Franja y la Ruta); no ha sido así en otros campos de batalla y, por supuesto, no lo será en el nuestro.

Felices amigos,
siempre vamos juntos,
donde va el primero
van siempre los otros.

Por: Francisco Baeza

Twitter: @paco_baeza_

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