El abstencionismo en las elecciones locales del 2 de junio

El ganador de las elecciones locales del pasado domingo se llama abstencionismo y se apellida ilegitimidad. En las elecciones del domingo en seis estados de la República la participación de los ciudadanos en los comicios fluctuó entre el 22.1% en Quintana Roo y el 44.9% en Durango. El promedio de los 6 estados fue del 33.7%. Se jugaron dos gubernaturas (Puebla y Baja California), los congresos locales de BC y Quintana Roo, y los ayuntamientos de BC, Aguascalientes, Durango y Tamaulipas. Aún en Baja California, donde se compitió por todos los puestos estatales, la participación apenas llegó al 30%.

 

Independientemente de los resultados específicos de cada votación, es importante detenerse un poco a reflexionar el por qué de tan baja participación de los electores. Mi reflexión se basa en mi propia experiencia como candidato que sufrió el abstencionismo en carne propia. Una primera hipótesis de lo ocurrido es que existe un hartazgo de la gente sobre lo político. Hay una percepción de que no importa quien llegue, “todos los políticos son iguales”. Todos los candidatos se acercan a la ciudadanía solamente cuando piden el voto y luego se “olvidan” de ellos, ya no regresan ni se vuelven a aparecer, no cumplen sus promesas. Y por tanto, piensan que poco importa a quien se elija pues las cosas van a seguir igual. A esta percepción expresada por la gente al recorrer calles y mercados, se suma el desencanto para algunos de que las cosas no han cambiado como se había prometido en las campañas del año pasado, e incluso algunas cuestiones están peor. El abstencionismo parece mostrar la falta de esperanza en el futuro y la falta de credibilidad en los políticos.

 

Una segunda hipótesis, complementaria a la anterior, es la percepción de que Morena está tan fuerte que es imposible ganarle, que no vale la pena salir a votar simplemente por esa razón. Esta percepción es real y al menos en el caso de Puebla fue alimentada premeditadamente y como parte de la estrategia de campaña de ese partido. Ante la “inevitabilidad” del triunfo de Morena, mi voto es inútil, para qué pierdo mi tiempo. La percepción se ha construído a lo largo de los meses con la alta “aceptación” de AMLO a pesar de que se ha ido reduciendo en semanas recientes. Y a nivel local, los candidatos de Morena se han aprovechado de esa imagen tratando de ser clones del presidente López Obrador, de repetir sus dichos, de asemejarse al líder indiscutible. Si además la prensa local, la comentocracia y los encuestólogos se prestan (o rentan) a reforzar esa percepción en el imaginario público con diferencias de 30 puntos, es muy probable que un número importante de electores simplemente decidan no acudir a las urnas.

 

Considero que ambas hipótesis son correctas pero faltaría calcular sus pesos relativos. Para eso habría que preguntarle a la gente por qué no votó, y seguramente saldrían otras razones, pero me parece que serían menos importantes. De ser más importante la primera razón, la falta de credibilidad en los políticos, tenemos un grave problema de legitimidad y de gobernanza en el país que de no corregirse ya irá en aumento y es muy peligroso. La segunda hipótesis está siendo cuestionada por los hechos, incluso por estos mismos resultados en que por partido político, el PAN tuvo más votos que Morena. Las coaliciones con el PT y con el Partido Verde le dieron el triunfo en algunos lugares, como la gubernatura de Puebla.

Lo que importa es entonces que la baja participación también implica una falta de legitimidad democrática. En Baja California, sólo el 15% de los electores votaron por el nuevo gobernador. En Puebla la cifra es casi idéntica. Gobernar con un porcentaje tan bajo de respaldo es difícil, y mucho más si existen sombras de irregularidades en el proceso electoral o visos de una elección de estado.

 

Por ello urge restablecer la confianza y la credibilidad de la sociedad en la clase política, en los partidos, en la ética de la vida pública. Por eso urge también asegurar elecciones limpias, sin coerción ni compra de votos (como han acostumbrado los partidos), ni de la opinión pública por parte de quienes ostentan el poder como ocurrió en Puebla. Los partidos políticos de siempre han pervertido la voluntad de la gente y se han aprovechado de la pobreza y de los más vulnerables para conseguir los triunfos que los llevan, a su vez, al cofre del erario público. Si no se restablece la ética y la confianza en los actores públicos, la sociedad se seguirá alejando de la vida pública, esperando y hasta rezando para que providencialmente llegue un gobernante que realmente le interese la gente, que realmente busque su bienestar y no apropiarse del erario público durante su gestión. Hay mucho qué hacer.

 

Por: Enrique Cárdenas Sánchez

Universidad Iberoamericana de Puebla

Puebla contra la Corrupción y la Impunidad

enrique.cardenas@iberopuebla.mx

@ecardenassan