2 de octubre. ¿No se olvida?

El movimiento estudiantil de 1968, en México fue la expresión nuestra de un movimiento global que exigía libertades y democracia. Arrastrados por ese vendaval libertario que emocionaba en París y en Praga, los estudiantes mexicanos exigían, en comparación con sus pares europeos, poca cosa: la libertad de los presos políticos, el desmantelamiento del cuerpo de granaderos, la destitución de jefes policíacos y funcionarios, la derogación de los artículos 145 y 145 bis del Código penal federal. El cumplimiento de cualquiera de sus demandas hubiera destrabado la crisis permitiéndole a los estudiantes colgarse una victoria moral y al gobierno legitimarse a un bajísimo costo. Gustavo Díaz Ordaz, sin embargo, estaba convencido de que la protesta era parte de una conspiración comunista contra el Estado mexicano y “prefirió caracterizar a los estudiantes como subversivos y, en lugar de atender sus demandas, reprimir y aniquilar a su dirigencia”. En su paranoia, Díaz Ordaz actuó creyendo de veras que sus acciones “salvarían a México”.

 

El movimiento estudiantil no fue parte de una conjura comunista como aseguraba Díaz Ordaz, por supuesto, pero tampoco fue un fenómeno fortuito. Durante su cronología se adivina una mano invisible ajena a la presidencia de la República y a la secretaría de Defensa que movía al país hacia la confusión, el caos y el conflicto. En los albores del movimiento fue esa mano la que introdujo porros en los planteles de la UNAM y del IPN; la que hizo coincidir dos manifestaciones, una de estudiantes y otra de procastristas, y las enfiló rumbo al zócalo, sancta sanctorum del poder presidencial; la que susurró al oído de Sócrates Campos Lemus la peligrosa idea de formar comités de defensa cuya sola existencia hubiera justificado la represión. El 2 de octubre la misma diestra lanzó las bengalas ¿desde un helicóptero o desde la iglesia de Santiago Tlatelolco?, dirigió un proyectil calibre .22 contra el pecho del general José Hernández Toledo, provocó la confusión entre los soldados que entraban a la plaza y los comandos apostados en el tercer piso del edificio Chihuahua. Alguien quería sus muertitos. Y los obtuvo.

 

A la vuelta de 50 años, poco se discute de todo aquello. La memoria colectiva ha simplificado y tergiversado los acontecimientos del verano de 1968, añadiendo más desorden al recuento de los daños y dificultando el esclarecimiento del crimen de Estado. En la calle se corean consignas que si no se comprenden, no tienen ningún significado:”¡Díaz Ordaz, asesino!”, “¡Fue el Estado!”, “¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos!” [sic]. Puño izquierdo en alto, por supuesto, aunque el gesto se haga por pura imitación —pocos recuerdan que ésta mueca se popularizó durante la guerra civil española, oponiéndose el puño izquierdo en alto al brazo derecho extendido—. A golpe de repetición, el “2 de octubre. No se olvida”, estandarte predilecto de la protesta social, se ha trivializado. La plaza de las Tres culturas amaneció el martes reconvertida en un tianguis de ropa, artesanías, tlayudas y elotes.

 

“Quien controla el pasado controla el presente”. El muy orwelliano proceso de corregir el pasado para justificar el presente significa corregir hechos, nombres, palabras; significa mutilar nuestra identidad —la cual, para bien o para mal, es la única que tenemos—. No ha habido magnanimidad en la victoria: aprovechando el olvido colectivo, algunos personajes de la nueva clase gobernante han recogido la bandera del “2 de octubre. No se olvida” y se han propuesto contarnos una historia de vencedores y vencidos. La visión parcial de la historia implicaría, adviértase, reemplazar una verdad oficial con otra; obligaría a contar nuestros días a partir del 1 de julio y a ajustar lo ocurrido antes de esa fecha a los intereses coyunturales actuales. No se puede alterar la historia. ¡Guste o no, Díaz Ordaz construyó el metro de la Ciudad de México!…

 

No es casual que los estudiantes hayan caído en la antigua plaza de Tlatelolco —contó Octavio Paz a Le Monde, rememorando la masacre. —¡Ahí estaba el teocalli, donde se hacían sacrificios humanos!

 

“Y el olor de la sangre mojaba el aire / y el olor de la sangre manchaba el aire”

 

Por: Francisco Baeza [@paco_baeza_]. 3 de octubre de 2018.