Educación para todos en todo tiempo y lugar

Quizá por inercia o por desconocimiento –y en algunos por malicia- cuando se habla de educación inmediatamente se restringe su significado a lo que sucede dentro de la escuela.   Los planes gubernamentales de muchos países siguen identificando “sin más” educar con escolarizar y “miden” la situación de la educación de un país por los resultados que proporcionan algunas pruebas de conocimiento que se aplican a cierto número de estudiantes alegando representatividad del total, al considerarlo estadísticamente significativo.

Así lo ha hecho e impuesto como patrón de medida educativa la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) más allá de los 35 países en los que tiene injerencia directa.  Su prueba PISA (Programme for International Student Assessment) clasifica a los países y a los menos afortunados en los resultados de esa prueba les ofrece directrices “educativas”.  Sin embargo, la propia OCDE define que PISA es una herramienta para la evaluación y el análisis de las destrezas y la aplicación creativa del conocimiento en matemáticas, lectura y ciencias. La evaluación se dirige a estudiantes de 15 años, y su objetivo es proporcionar a los Centros Educativos información valiosa para la investigación y el desarrollo de prácticas para la mejora del rendimiento de sus estudiantes.  Esta restricción definitoria no es obstáculo para el “ranking” internacional

Por ello parece comprensible que cuando se habla de reforma educativa  se enfoque el esfuerzo a proponer cambios de corte escolar: planes de estudio, docencia, gestión escolar, calendario escolar … donde lo propiamente educativo pasa a un segundo o tercer plano.

Reconceptualizar la educación

La educación es el único medio que hemos inventado para hacernos humanos y comportarnos como tales.   Este proceso de humanización, (aunque es individual porque nadie se educa por otro así como nadie come por otro) sólo se da en sociedad.  La educación nos “personaliza”, nos descubre como personas:  nos hace ser conscientes de que “nos damos cuenta de que nos damos cuenta” de lo que hacemos, decimos, pensamos.

Ser persona consiste en la capacidad consciente de relacionarnos con otras personas; con las ideas, pensamientos y acciones de otras personas; con las cosas que nos rodean; y, particularmente, que podemos relacionarnos con nosotros mismos, descubrirnos en el tiempo que somos y en el espacio que somos: nuestro cuerpo.  Así, como personas, somos nuestro tiempo en nuestro cuerpo, somos la conciencia de que somos en conjunción con otros seres humanos con los que compartimos nuestro estar en el mundo y somos capaces de cuestionarnos para qué estamos en el mundo.

La educación consiste propiamente en darle sentido (dirección) a nuestro sistema de relaciones creando respuestas a nuestro para qué de lo que somos, hacemos, decidimos, compartimos.  Se trata, pues, de un proceso que dura toda la vida y va mucho más allá de los conocimientos que realizamos o adquirimos, de los acontecimientos que experimentamos, de las cosas con las que nos rodemos, de los propósitos que anunciamos, de los errores que cometemos, de los amores que prodigamos: a sabiendas que todo ello fragua nuestra historia personal que nos hace ser quienes somos.

Este proceso que se inicia en cada uno el día en que nacemos perdura para bien o para mal en cada instante de nuestra existencia.  Mejorarlo para hacernos cada vez más humanos (lo cual siempre es posible mientras tenemos tiempo) se denomina educación permanente. 

Educación: proceso vital permanente

Este proceso permanente obliga a  reconceptualizar la educación como un proceso que exige adhesión y compromiso de todas las personas, que a la vez es un derecho y más que ello, es una puerta de entrada a nuevas situaciones de futuro: es la clave que llena de significado nuestro estar-en-el-mundo.  Corresponde a todas las personas de todas las edades, de todas las comunidades, de todos los territorios, de todos los países asumir y ejercer este derecho a la educación como proceso permanente, como ejercicio de todos los días y de toda la vida.

Para lograr estos aprendizajes, es imprescindible pasar:

  • de una educación centrada en contenidos a una centrada en desempeños;
  • de una educación controlada por exámenes a una educación basada en la responsabilidad personal (individual y colectiva): participativa;
  • de una educación dependiente del pasado a una educación con visión de futuro: prospectiva;
  • de una educación acumuladora de información a una educación procesadora y utilizadora de la información.
  • de una educación que informa sobre valores a educación que es vida manifiesta en hechos dichos, acciones y omisiones.

En múltiples reuniones de la UNESCO –cuando ésta es fiel a su razón de ser: preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra y reafirmar los derechos fundamentales, la dignidad y el valor de la persona humana y la igualdad de derechos de hombres y mujeres.- se va descubriendo más y más que la educación tiene que enfocarse como un proceso en el que todos los seres humanos debemos comprometernos y, en un a etapa importante del ser humano desde la escuela.

Es interesante cómo en esas reuniones la aportación latinoamericana ha sido destacada desde la presencia en su creación de destacados mexicanos: Samuel Ramos y Jaime Torres Bodet  Sus aportaciones en los diversos foros abiertos y particularmente desde Jomtien (1991) y en el texto de la Declaración de Hamburgo (1997) se dirigieron a confirmar la necesidad de:

  • Aprovechar la larga experiencia latinoamericana de la educación liberadora y de la educación popular para comprender la educación permanente como proceso que incluye tanto a la educación de adultos y jóvenes como la educación continua.
  • Luchar porque la educación esté efectivamente centrada en el crecimiento de la persona: en la humanización de las estructuras, de las condiciones de vida, de las relaciones interpersonales, de la economía, del comercio, de la familia, del trabajo.
  • Orientar la educación de los jóvenes y adultos para que se aboque a lograr que el ser humano se adueñe de sí mismo, y –en la medida de lo posible — de su futuro: de su salud, de su economía, de su educación, de sus decisiones.

Todo ello en un rompimiento conceptual respecto al compromiso permanente con la educación individual y colectiva con visión de un futuro compartido.

Agenda de trabajo compartida

En la Agenda del Futuro (UNESCO 1997), el enfoque se dirigió a conseguir la elaboración de un plan de trabajo común donde participen activamente todos los países y todas las organizaciones comprometidas con la educación..

Para ello, es preciso eliminar las falsas competencias entre gobierno, sociedad civil, iglesias, empresas y abrir un campo común de permanente adecuación de las políticas y de compromisos institucionales para la generación de una nueva sociedad comprometida con la paz, la tolerancia y la democracia, para la formación de sociedades más justas en vistas a un desarrollo efectivamente compartido.

A la vez, la promoción de aprendizajes a todo lo largo de la vida y en todos los órdenes de gobierno y de sociedad, y en todos los procesos de desarrollo para que al menos una hora diaria sea consagrada a la búsqueda de un mejoramiento personal y social gracias a nuevos y mejores aprendizajes, independientemente de sexo, edad, nivel social, cultural o económico.

De todo lo anterior, se exige de la educación moderna que se encamine a desatar procesos de aprendizaje con clara visión de futuro formulada participativamente y que permita establecer proyectos de vida personal, familiar, comunitaria, como un elemento sine qua non de la vida ciudadana moderna.

En este planteamiento conceptual se descubren siempre nuevos los valores ciudadanos, el sentido de la propia existencia, la razón de vivir,  la convivencia humana como posturas capaces de romper inmediatismos y la angustiante situación de emergencia en que pretende colocarnos la inestabilidad de una visión centrada en la escuela dominada por la economía.

Luis G. Benavides Ilizaliturri

Puebla. Julio 2018